Curacaví

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Muy buen jueves, queridos lectores:‌

En Curacaví siempre parece que está todo en constante construcción. Las ferreterías están siempre llenas. En la calle principal, no resulta raro que sus pobladores caminen con distintos materiales a cuesta: para arreglar la casa, para hacer un caminito, para un nuevo proyecto. Curacaví- a 40 kilómetros de Santiago- siempre parece estar en transformación, en mejora, como reflejando un empuje persistente de su gente, que aspira cotidianamente -con porfía- a estar mejor. Recuerdo que hace algunos años, un vecino de familia antigua, de apellido Pavez, me dijo que Curacaví no solo estaba justo en la mitad entre Santiago y el puerto de Valparaíso, sino en la mitad de Chile. Luego fue un poco más allá: Curacaví, en realidad, está en la mitad del mundo, me dijo. Lo encontré francamente exagerado -aunque podría tener razón desde el punto de vista que se mire-, pero, sea como fuere, revela algo profundo del curacavinano: existe en ellos una gallardía atípica, que se explica no solo por la chicha tan ilustre de esta zona y los pastelitos maravillosos que se pueden comprar en diferentes locales en la larga arteria Ambrosio O’Higgins. Es la columna vertebral del pueblo, donde todo ocurre.

En Curacaví hay familias antiguas de toda la vida -muchos fueron a la escuela juntos y se conocen por décadas, como lo hicieron antes sus antepasados- y personajes notables, como un tal Don Micho, al que se le atribuyen poderes sobrenaturales. Era un pueblo chileno como todos -el mejor de todos, dirán sus habitantes-, que históricamente se caracterizó por la tranquilidad y vida campesina. Hasta esta zona llegaban forasteros en la búsqueda de lo que no entregaba el Gran Santiago: aire, espacio, bosques nativos, fauna autóctona y, sobre todo, gente buena y de vida sencilla.

Pero Curacaví, como muchos pueblos de los alrededores de la capital, ha cambiado. Solo basta ver el tipo de autos que deambulan por el pueblo. Y el martes, un cruel asesinato cometido en el sector de Los Hornitos -en un condominio cercano a la ruta 68, antes del túnel Zapata- dejó en evidencia nuevamente que la delincuencia ha llegado a todos lados. Incluso a Curacaví, la tierra orgullosa donde muchos comercios le hacen honor: Curacaribs (las costillas), Curacapets (la veterinaria), Lubricaví (aceite de autos)…

Mataron a Michael Peñaloza, un ingeniero de 44 años, padre de dos niñas. Lo hicieron por un auto. Habían entrado a robar a su parcela hace una semana, donde se llevaron las llaves. Volvieron la madrugada de este martes, pero los espantaron las alarmas. La víctima llamó a Carabineros, le tomaron declaración -la tenencia de carreteras no está nada lejos-, pero Peñaloza quedó solo y los asesinos volvieron. Esta vez, la tercera, lo lograron: se llevaron el automóvil nuevo y, de paso, lo atropellaron. Una nueva vida truncada por un auto que, horas más tarde, fue hallado en otra zona de Curacaví (casi en el límite con Pudahuel) totalmente quemado.

El asalto y crimen ha impactado a todo Chile. Y uno de pregunta, ¿por qué? ¿Será porque los ciudadanos tenemos la sensación de que los lugares seguros han desaparecido?

Michael había dejado Recoleta por Curacaví justamente buscando tranquilidad.

Fuente: elpais.com

Rocío Montes
Rocío Montes
Es jefa de información de EL PAÍS en Chile. Empezó a trabajar en 2011 como corresponsal en Santiago. Especializada en información política, es coautora del libro 'La historia oculta de la década socialista', sobre los gobiernos de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. La Academia Chilena de la Lengua la ha premiado por su buen uso del castellano.

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