La inutilidad del voto nulo

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En una escena de barrio, una amiga le comenta a un amigo, más desilusionada que convencida: “votaré nulo en todas las opciones el domingo”. Después ambos se miran breve, se dan un abrazo y sin él ánimo de responder el amigo le dice a la amiga: “está bien, pero cómo me gustaría entenderte… yo tengo una candidata presidencial producto de unas primarias y una diputada a la reelección por decisión partidaria, que compone un Pacto y ahora sí votaré por el mal menor”. Ella igual le devuelve el abrazo a su amigo y siguen inmersos en un universo de amistad.

El mal menor si es una variable que tiene su peso a la hora de decidir. Otra variable es: cómo voy yo ahí y una tercera guarda relación con apegos doctrinarios heredados o amalgamados. También cabe la opción de jugar cachipún o tirar una moneda al aire. Pero el mal menor hoy no es el mismo de hace unos años atrás. Muchos votaron las opciones presidenciales de la Concertación, comunistas incluidos en primera fila, para evitar el triunfo de la derecha post-dictatorial, pero heredera de esa dictadura. Muchos del sector derechista más binario votaron la opción Piñera para evitar el triunfo del progresismo. La cuestión con el mal menor tiene un lugar común no importa el lado que te encuentres en la frontera política electoral: esconde otras intenciones pero permite construir mayorías.

El problema adquiere otra dimensión cuando ya los asuntos no cuadran. De tanto descansar con que un grupo de electores va a escoger el mal menor, según su predilección o intuición, y no se atienden los asuntos públicos críticos como viviendas, sistema educacional no lucrativo, desregulación en muchas áreas sensibles de la economía, que sí inciden en la vida de las personas, en alguna parte de todo este proceso en la toma de una decisión, se cuelan posiciones de extremismo negacionista, por ejemplo el cambio climático, que al elector le parecen propias del sentido común. Pero la amiga del barrio, en cuestión, no partió a comprar las naranjas del neofascismo criollo, sino que atracó en el muelle de los: Yo voto nulo.

Votar hoy nulo es casi un lujo, parecido a ese lujo ostentoso de quienes beben el mejor champán poco antes del hundimiento del Titanic, pero sin ningún patrimonio a defender, más bien se trata de expectativas no cumplidas. Y la política sí debe ocuparse de aquello. Hacer programas de gobernabilidad solo con el objetivo de imprimirlos y nada más, sobre todo, nada de tomarse en serio el programa, aún si cuentas con una mayoría parlamentaria o puedes encajar votaciones a través del muñequeo parlamentario, termina por pasar una cuenta impagable. El estallido social es un buen ejemplo. Octubre de 2019 no fue una gigantesca protesta contra el presidente de entonces; más bien se trató de ese descontento con la fuerza de la ira por todo el engaño sistemático de la democracia liberal. Pero los estallidos son solo eso: un momento, y en este, además hubo una ausencia de la ciudadanía organizada, sin una presión del movimiento social.

Y, ¿podemos dar en el clavo respecto de cómo es la situación, al día de hoy, del ánimo ciudadano?. Chile se cae a pedazos es un slogan repetido hasta el cansancio por candidaturas como Kast, Kaiser y Matthei (KKM). En eso, mantienen una unidad de criterio en acción no vista en el debate retórico. Pero Chile no se cae a pedazos. Muy por el contrario. Cifras micro y macroeconómicas dan prueba de ello. Incluso, El Mercurio en sus notas económicas no puede desconocerlo.

Los migrantes, como expresión de ingreso descontrolado por pasos fronterizos no habilitados, son la consecuencia de la invitación pública que les hicieran personeros del gobierno de Piñera II, como Cecilia Pérez o Pablo Longueira. No el relajo de la normativa respectiva. De hecho, sigue siendo la misma de siempre.

La angustia por llegar a fin de mes, con ingresos promedios apenas por sobre la línea de la pobreza per cápita de 216 mil pesos, con grupos familiares de 4 personas, es tan real como real es el fiado o el uso de los montos de la tarjeta de crédito para el pago de mensualidades, colegios, comida, etc. El incremento en la morosidad ya es motivo de noticias.

Un cuento alemán.

Un caso de estudio y memoria histórica es lo sucedido en la Alemania de la República de Weimar a mediados de los años 20, cuando el país enfrenta problemas estructurales propios, luego de la derrota en la 1era Guerra Mundial, sumado a la Gran Crisis del 29, a nivel mundial.

Los Nazis, a través de las elecciones democráticas, fueron de menos a más con un 2.6% de los votos y 12 escaños, en 1928; un 18.3%, y 107 escaños en 1930 y un 37.3% de los votos y 230 escaños, en 1932. Eso fue suficiente para que, a partir de la fragmentación de la oposición democrática, la incapacidad de formar un gobierno estable y la incidencia de los paramilitares nazis de las SA, Adolfo Hitler fuera elegido Canciller el 30 de enero de 1933, y se adueñara de los poderes legislativo y judicial. Luego vino la barbarie.

La democracia, un sistema?.

La democracia, por cierto, es mucho más que ir a votar según el calendario de elecciones. El mínimo es ir y ejercer el derecho a voto, y es un mínimo no menor: Guarda relación con la legitimación. A través del ejercicio del voto, se aglutinan mayorías y minorías, y la primera debe asegurar un espacio para la segunda. El equilibrio de la relación porcentual en el ejercicio del poder, entre mayoría y minorías es crucial para la legitimidad y la estabilidad de cualquier régimen democrático, con el objetivo de promover una sociedad más justa e inclusiva donde la diversidad de pensamiento sea valorada. Pero ello requiere de racionalidad en el discurso. Hoy vemos el fango de la odiosidad alimentado por noticias falsas en boca de políticos ignorantes.

Y ese fango si atenta contra la condición necesaria fundamental para que cualquier sistema funcione, y la democracia es un sistema. Se trata de la coherencia interna, es decir, las partes que componen el sistema no deben trabajar en direcciones opuestas, pues en tal caso, el sistema o se destruye o no producirá resultados consistentes. Y también se trata de la interdependencia funcional de sus componentes, en este caso, de quienes componen una sociedad. Y eso es lo que producen las posturas disruptivas de Kast y Kaiser, lamentablemente, secundadas por la ex derechista liberal, Matthei. Si un elemento o componente de la sociedad no opera en conjunto con las otras, entonces, Houston, tenemos un problema y el voto nulo es por completo inutil.

La cruda realidad

Es lo que hay, una frase muy del sentir popular. Casi es una disculpa incidental, sin que el resultado sea humillante. La democracia que tenemos es lo que hay, con el electorado que hay y la gobernanza que tenemos es la que hay y esto último entrega una cuota importante de cabildeo del sector privado, con el brazo largo y bien financiado de las grandes empresas. 

El conformismo no es malo per se. Solo se vuelve intolerable cuando además del olor de la mieda, su sabor llega a nuestras narices y lengua. Y ya puede ser muy tarde.

Entre tanto, la amiga del barrio le escribió a su amigo para comentarle que no votará nulo. Es simple: no quiere ser una cómplice silenciosa de la llegada del fascismo por via electoral, al igual que Hitler en la Alemania de 1933. Le teme, razonablemente, a la barbarie.

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