Con un verano ubicado en los rangos de un futuro algo cercano, próximo al sector de Lolenco, en Curacaví, se levantaría desde el suelo un calor seco y de repente, el viento ya no tiene curso. El evento más bien breve se acompaña de algo especial: ya es el presente y las rodillas están sucias. De lejos, un trío de tías compuesto por Marcela Paz, Juanita Godoy y Esther Huneeus, pueden observar todo y se divierten desde sus sillas de mimbre mientras anotan frases en unos papeles.
Este año la novedad no era estar de nuevo en la casa de campo de los parientes de Papelucho, sino la llegada de una niña argentina muy simpática llamada Mafalda, que tenía el pelo como un arbusto y se preocupaba por esas cosas, a Papelucho ni se le ocurrían. Entretanto Mafalda prefiere escuchar la radio para saber del mundo, y Pepelucho se anima a cazar lagartijas. Pese a las diferencias, Mafalda y Papelucho se hicieron al instante muy amigos pues ambos descubrieron una inclinación natural para investigar misterios, aunque toda la parentela, en especial la tia Esther, les advertía una preocupación esencial en la familia: no alejarse demasiado hacia los cerros. Por cierto: hicieron poco caso.
Una tarde, Mafalda y Papelucho se juntaron con los hijos de los trabajadores de la Hacienda vecina para jugar a las escondidas. Aprovecharon lo frondoso de los matorrales de espino; perfectos para desaparecer. Lograron ser un grupo grande y ruidoso de niños y niñas, en carreras de un lado para el otro, en medio de los potreros mientras los padres de los otros niños seguían con su trabajo en los surcos, bajo un sol infame. Mafalda corría con sus zapatos de charol ya llenos de tierra, y Papelucho la guiaba hacia los lugares más secretos que conocía. “Papelucho, pará… mirá que a mi no me gusta caminar mucho”, gritaba una Mafalda ya algo cabreada. No muy lejos, estaba el viejo galpón, siempre a puertas cerradas con cadenas oxidadas, pero hoy, extrañamente, estaban abiertas de par en par, a manera de una invitación perpetua a quien quisiera entrar en la penumbra.
Tras cruzar el portón, Mafalda y Papelucho sintieron de inmediato dos sensaciones: el aire se sentía pesado y el silencio daba un poco de miedo. No había animales ni fardos, sólo hileras de camas improvisadas, colchones en el suelo y restos de comida, como si mucha gente hubiera vivido allí, escondida. En las paredes había ropa colgada y, en un rincón, encontraron una caja con enseres personales abandonados con prisa. Entre ellos, Mafalda ubicó una fotografía arrugada. En la imagen se veía una familia de mirada perdida hacia alguna parte: dos padres y cinco hijos, tres niñas y dos niños, que posaban con ropa derruida. Mafalda apretó la foto y sus ojos de a poco pero sostenidamente, lagrimearon: entendió, ese lugar no era un campamento de verano, sino un refugio para esconder personas, y ahora estaba vacío.
Se sentaron sobre unos fardos afuera y Mafalda, con esa seriedad de adulta en cuerpo de niña, le dijo: “tu abuelo es un criminal!!… este sitio está en su propiedad, Papelucho”: y le convenció que no podían quedarse de brazos cruzados. Idearon un plan para preguntar disimuladamente en el almacén del pueblo y escuchar las conversaciones de los adultos en la casa de los parientes para saber quiénes eran esas personas y por qué habían huido, sólo con parte de sus recuerdos. Un recuerdo roto es una herida eterna. Siempre faltará algo. Así las cosas y mientras trazaron estrategias en la tierra con un palo, Mafalda suspiró con la vista en el horizonte de los cerros de Curacaví, y soltó frases que Papelucho -incluso un Pepelucho ya viejo- no pudo olvidar: «Lo urgente no deja tiempo para lo importante, y parece, aquí lo importante es la humanidad, pero a nadie le importa».
El misterio se resolvió semanas después, casi al final de las vacaciones, cuando jugaban cerca de la iglesia del pueblo. Vieron al sacerdote en la entrega discreta de una bolsa con pan y dinero a unas personas extranjeras. Ellas miraban hacia todos lados con temor; eran inconfundibles: los mismos rostros de la foto del galpón. Papelucho se acercó a Mafalda y le susurró: «Parece, ya se resolvió todo». Sin embargo, el momento duró poco, porque de regreso a Lolenco, vieron pasar una camioneta con un grupo de hombres de uniforme blanco y una estrella en azul, encerrada en un círculo, también azul. Cantaban a todo pulmón: “ya las calles limpiaremos; de la escoria mal portada, y alzaremos el puñal, por gloria de la Patria”… y terminaban eufóricos con una estrofa para helar la sangre con el brazo alzado: «Sieg Hast».
El polvo del camino los cubrió y, cuando vieron a los hombres de uniforme alejarse hacia donde estaba el sacerdote, Papelucho miró a Mafalda y le dijo con firmeza: «Tenemos que hacer algo por esas personas y también con esos malditos idiotas». Mafalda asintió respecto de la primera frase y le dice a Papelucho: “si, tenemos que hacer algo por esas personas” y sobre la segunda, hace una apreciaciòn más precisa: “yyy viste…. no son sólo unos malditos idiotas Papelucho.. son fascistas…”. Pero, luego algo pasó. De cierta manera, uno de ellos o ambos crecieron y aprendieron a callar.
A veces Papelucho ve en el horizonte la sombra de unas sillas de mimbre e imagina al trío de mujeres con unas Yacas alrededor, solo para pedir disculpas y decir:: «Lo que sucede -tías- es terrible. Muy terrible y anoche me he pasado sin dormir pensando en esto. Es de aquellas cosas que no se pueden contar porque no salen por la boca. Y yo sé que mientras no lo haya contado no podré dormir.»
Papelucho y Mafalda nunca más se vieron, pese a la promesa mutua de hacerlo. Un abrazo largo y emotivo fue la escena de la despedida, que también despidió a la infancia.
Fuente: CuracaVive





Me encantó, me emocionó pues me hizo recordar el pasado y tener que se vuelva a repetir. Gracias.
Significativo relato, nos llama a no callar, por los sin voz «No a las injusticias»
La intertextualidad es una bella forma de conectar el pasado popular y cultural con una reflexión que sigue siendo necesaria en nuestra realidad como país. Queríamos «hacer algo por esas personas» pero el individualismo nos supera a diario. La nostalgia por la niñez y la aceptación de la pérdida de ideales que sufrimos ya de adultos.
Buen relato, con mucho contenido y que llama a no solo comprender, si no a actuar con oportunidad.
Felicitaciones, Leo.
Un relato inteligente, muy emotivo y ojalá no premonitorio….