Para nadie es desconocido que la palabra crisis proviene del verbo griego krinein, “separar”, pero también “decidir”. La crisis es algo que rompe y que en esa fractura cabe analizarlo. Tampoco es desconocido que la Librería Crisis es emblemática en Valparaíso, y el incendio del pasado martes 24 de marzo supone una duplicación de la crisis de la librería, una suerte de metacrisis, extensible al estado de la cuestión en nuestro país. El nombre de la librería siempre ha sido un recordatorio, una metáfora de la postura reflexiva, del pensamiento crítico, si se quiere, que debemos mantener siempre respecto de nuestro mundo. De hecho, crisis y crítica comparten raíz.
En su afán de ayuda, el CENTEX recibió gran parte de la colección de libros que tenía la Crisis y propuso una curiosa actividad de “adopción” de libros. Cuando un libro se moja o se ve damnificado de algún modo, hay que actuar rápido, y la actividad de restauración abierta al público era de una lentitud alarmante, además de su folclórica precariedad técnica. En un país plétora de carencias, la solidaridad es bienvenida, pero también el conocimiento; y para actuar rápido ante una emergencia, hay que saber. Por otra parte, la solidaridad no es un espectáculo, y la tragedia que azotó a nuestra querida librería estaba siendo espectacularizada, al punto que parecía una muestra seudoconceptual que recordaba un pasaje de Los detectives salvajes o la máxima situacionista: “la cultura es la mercancía que vende todas as demás mercancías”.
El uso metafórico de la “adopción” de un libro refuerza esta escena de mercantilización, al apelar intensamente al pathos de los consumidores, puesto que un libro no es ni un perrito ni una guagua. Además, la adopción requería de un aporte voluntario. Ningún problema en ayudar en tiempos de crisis, más bien todo lo contrario: hacer que la ayuda surja del peso de la situación y no de una gramática de lo instantáneo, de frases hechas por el mercado. Como lector, tengo un gran cariño por la librería, sobre todo porque allí encontré varias de las primeras ediciones que tengo de Braulio Arenas, escritor mandragórico a menudo vilipendiado de manera automática por razones políticas, pues calidad literaria le sobra. De hecho, ayer domingo encontré un ejemplar húmedo y con olor a humo de El laberinto de Greta, que comienza así: “¿Cuál podría ser -se preguntaba Hipólito- la palabra que mejor debería caracterizar a mi vida en este momento?” Uno se vería inclinado a responder: crisis.
En las redes de la librería, se publicó una foto con el fragmento de una novela que habla de la crisis en que se encuentra el país de los personajes. Este hallazgo, compartido, quiere hacer coincidir la literatura con el presente de la librería (del país y del mundo). Sin darse cuenta, está volviendo redundante su propia crisis; y por otra parte, contribuye a la mediatización del síntoma. Es como si hubiera una voluntad de coincidir con la crisis y no con la crítica, pues esta postura requiere de otro tipo de trabajo, de otro tipo de voluntad. Esta actitud de redundancia opera de manera subrepticia en lo que podría denominarse las erratas del cotidiano, donde los errores se vuelven costumbre, como la falta de crítica, que es mucho más que un error. Esta corriente de actos fallidos ha terminado por apoderarse de la realidad y de las prácticas que denominamos culturales. Para decirlo de una vez, la institucionalidad cultural tiene en una profunda crisis a la cultura entendida en un sentido verdaderamente amplio.
Desde hace un tiempo, un tiempo lateramente largo, tengo la impresión de que el sector de la población que responde a la izquierda, una izquierda mórbida, arrastra una voluntad inconsciente de estar en crisis, ya que esto da pie a una participación solo discursiva, tanto en redes como en totebags, entre otros, y perpetúa el deporte nacional de la queja estéril. Esta mala voluntad, detectada hace tiempo en el discurso y en algunas prácticas separatistas que profundizan la crisis del criterio y la crítica, aparte de engendrar una mala conciencia, se vuelve equivalente al discurso y la voluntad de crisis que proclama la derecha. La equivalencia cada vez más pertinaz entre izquierda y derecha (recordemos el artefacto de Parra) presenta su síntoma más claro en el hecho de que la crítica está en crisis y la crisis no tiene crítica. La izquierda, y en particular la de la política identitaria de los últimos años, ha sucumbido a los sofismas históricamente atribuidos a su contraparte; sin embargo, lo que es más pernicioso, es haber renunciado a los valores de la ilustración, es decir, al pensamiento y la reflexión, incurriendo en prácticas connaturales a la derecha, como la búsqueda del beneficio propio a toda costa y de la mutilación social del otro, por motivaciones eminentemente instrumentales.
El incendio de la Librería Crisis es una tragedia que metaforiza el estado crítico de lo que otrora era nuestro sector, porque, ¿quién, en su sano juicio de izquierda, podría seguir sintiéndose representado por esta izquierda de cuño liberal? El neoliberalismo, con todas sus redes desplegadas, ha logrado cooptar a su enemigo, transformándolo en su mejor aliado. En gran medida, el actual presidente resultó electo debido a la crisis intelectual que hay en la izquierda, y el hecho de que en un espacio cultural estatal se espectacularice la tragedia de una librería de nombre ad hoc, es un indicador que refleja la supina desorientación de una izquierda que no es tal. La voluntad de crisis, ya ni tan inconsciente, se ve reflejada en que la mayoría de las prácticas culturales de izquierda tienen un resabio nostálgico y, como todos debieran saber, todo indicio de nostalgia es una alarma de fascismo.




