Hacer una referencia respecto de la escritura de un tercero es una aproximación a una obra, y muchas veces suele ser demasiado grosera, o en otras, pareciera, queda más en atención la escritura del tercero.
Entender y sentir no siempre van de la mano y en literatura se trata de esa distancia entre entender y sentir. Ahí uno puede rozar esa esfera subjetiva, tan celosamente propia, previa al hecho público, en tanto lo comentamos.
Para leer a Enzo Farías no hay recetas. Un cuadro probable sería: una silla, la tarde de fondo, y el libro en la mano. El resto, la experiencia a través de la lectura. Todo un mundo nace en las sensaciones.
El pequeño Enzo
Santiaguino, nacido en la década de los 80, en una capital con quejidos metálicos, como él recuerda. Del céntrico barrio de Estación Central. Se acostumbró de niño a chupar limones partidos en mitades, para palear los efectos de las bombas lacrimógenas. Algo solitario y de no muchos amigos. De familia creyente, no pudo cumplir el sueño de su padre: ser una herramienta del Señor, pero escoge, con timidez, el sinuoso y entrecortado camino de la creación literaria.
Ya desapegado del Gran Fisgón, comienza la relación entre él y la escritura, luego muy luego, se hizo músico y se enamoró, aunque lo último fue más bien un daño colateral. Su gran cauce de entonces fue poner letras a las melodías. Escribir, no siempre como la consecuencia natural de leer, empezó a ser algo novedoso para asentarse en una costumbre.
Del ayer hasta el final del presente
Y a la fecha Enzo ha construido tres trabajos literarios. En esta ocasión con Campos de Hielo, editado por Ediciones Puerto Oscuro, el autor rescata varios poemas y relatos de estos proyectos, a manera de selección y les da una vuelta de tuerca, con un resultado similar a cuando uno observa una esfera desde otro ángulo, más cerca o más lejos. En todas esas probables observaciones, jamás dejaremos de ver una esfera, sin embargo, lo novedoso está en la sombra proyectada, aquello no es posible ver: la amplitud de las fronteras. Curiosamente, hay un complemento en ello y esa posibilidad está en esta selección de viejos y nuevos escritos, ahora incrustados en Campos de Hielo.
Leer a Enzo trae consigo una variedad de experiencias, entre las cuales está, lamentar su término. Una vez se empieza, comienza el viaje y una vez en el viaje, empieza uno a colar imágenes propias, esas el escritor no pudo imaginar y el lector guarda luego sin intención. Ahí están las fronteras laterales y horizontales del amor y desamor, el abandono y la desolación, la ironía y su dejo de enojo. En ese aspecto las lecturas son una calle de varios sentidos y con Campos de Hielo, además, un sendero, con las particularidades de ser uno tan escondido en la plaza pública, como olvidado en cualquier ruta del macizo andino, por los cuales transitamos con la pasión de estar sentados.
Los poemas
En los poemas de Campos de Hielo nos encontramos con un monólogo interior en formato de verso libre, de extensión variada, pero con esos intermedios obligados de la respiración, casi con esa relación exacta y recíproca, permite la pausa: el intervalo donde el lector cuela sus propias imágenes, asaltos emotivos o discrepancia racional, relacionada con el fondo, el contenido. La desolación y el abandono del autor, expuestos en estos poemas tienen el tono de una cierta resistencia, casi la porfía del revolucionario sabedor de su derrota, sin impedir la muerte por un mundo mejor, un mundo, si es posible ver en los párrafos cuando encontramos humor explícito o el implícito en el título de un poema y su única frase: HASTA NUNCA Con dos simples palabras, todo se acabó.
La Prosa
En su capítulo de prosa poética, el universo temático pudiera presentarse en un estado de densidad, acorde con esa introspección propia de quien se toma el tiempo para reconocer un territorio, ya poblado por un fantasma. Cruel, Acuario, Terminal de Buses y Colibrí, por citar solo algunos, producen el vértigo de la lectura, un vértigo independiente de la altura. El ave traviesa o en extremo impertinente desordena y reorganiza absolutamente todo, con la propiedad del Creador, pero se inhibe ante las sombras. Ahí se detiene, similar al avance del tiempo presente, cuando el futuro se anuncia a las puertas y el pasado aún tiene olor a cigarrillo o pan caliente.
El acantilado
Desde sus primeras frases, en Campos de Hielo, caemos en una espiral horizontal. Los ojos, los de todos, deben descubrir las escenas del espectáculo con jardines secos, territorios desérticos y almas en harapos, para de reojo, encender un universo declarado en las ondas radiofónicas, en las cuales, la frecuencia del viento cambia su curso y nos devela el nombre, hoy olvidado de cada uno, cuando el tiempo apenas comenzaba su peregrinar.
Enzo nos confiesa un temor: espera no equivocar su ruta, previo al sufrimiento, e invita a descubrir un cielo particularmente atómico en el momento preciso pues, las oportunidades pasan y ambos entes, escritor y lector, ven cómo la opción pasa y se marcha en el asiento trasero de un taxi, dentro de las posibilidades o imposibilidades de un día de mayo, cuando el transcurso de un minuto tiene la velocidad del siglo.
También nos entrega un secreto no tan bien guardado, pues, este se logra revelar casi en cada frase, en una relación trinitaria entre: la liberación, la abundancia y el sol. No es algo menor si ello, ha sido transportado en el interior de un bolsillo durante el apogeo de la locura, camino hacia la vejez. La intención de la noche se salva de las particularidades de cualquier día, como un eterno náufrago, abrazado a troncos en forma de cruz, a la deriva, en una trampa despiadada de un tiempo, cuyo señuelo es el verso, en las buenas y malas improvisaciones de cada mañana y logramos escapar de las máquinas y los buitres, con una historia recitada al son del compás marino.
Y en el curso de esta espiral horizontal, iluminada por una luz tenue desde cabo Froward, un faro muy austral, permanecemos breve ante la verticalidad del vértigo, mientras el café, esa compañía de lecturas, se enfría, con la muerte y los embustes o las fotografías viejas, como si el afán por leer, jamás hubiera ocurrido y la primavera, al fondo, la disfrutan todos los desaparecidos, quienes nos susurran: estamos atrapados ya por velocidades discretas en esta vida imperecedera, recibida a través de la tradición oral.
La tarde de fondo, el libro en la mano y la silla se sitúan ya en el límite del acantilado y ejercen una intención por dejarse caer, y entonces, las batallas perdidas, las complicidades, cualquier sentencia ladrada por perros con alma, nos sacan de la inmovilidad y el silencio; espacios en los cuales, la lectura ha transcurrido.
Con temor, en esta ojeada precisa de Campos de Hielo, somos testigos (y tal vez no neutrales) de ese ambiente existente entre lo personal y lo universal, o su versión menos trágica: el sueño perpetuo y lo tangible. Y así, como si todo esto fuera una simple adición de polinomios, el final del presente está en cualquier parte de estos textos, con ese movimiento tan propio del tiempo: constante, irreversible y sin un final, con nosotros, en tanto lectores, convertidos en haz de luz, adosados a esa coordenada del espacio-tiempo, solo cuando hemos terminado de leer, y nos descubrimos, antes de caer, como seres algo más completos, pero no nos damos cuenta.




