Este viernes 11 de septiembre, entre 09:00 y 18:00 hrs se presentarán en Plaza Presidente Balmaceda Bruno H. Lang y Franco Carreño, en una asociación casi singular, reunidos en torno al proyecto “Movimiento, Color e Identidad” en tanto Colectivo Fotográfico Invisible. La reunión de este binomio se esfuerza por presentar un recorrido en tres tiempos, justamente, en una trilogía para nada de trinitaria, presente en estos dos expositores así de distintos y así de similares, tal vez, un poco teñidos con la mirada del instante y lo cotidiano; y en lo cotidiano, se revela el momento en el cual la observación se detiene, el dedo se apresta a presionar el obturador y el tiempo se atrapa, también con un sujeto o paisaje expuesto, desnudo, solo, abandonado; un abandono cotidiano, en el instante de la esencia fotográfíca.
En ambos fotógrafos, “la parte efímera de la persona” es el movimiento y el click es apenas un parpadeo. Luego viene un desafío ya a manera de dialogo, uno especial. Comienza al relacionar: aquello se va a fotografiar, a quien se realiza esa toma y a la persona tiene en su campo de visión la foto. Lo singular de ese diálogo es el tono bajo, casi de susurro, muy similar a lo apuntado por Germán Carrasco respecto del poema en la poesía, algo piola, al oído. El volumen discreto es una estrategia de supervivencia del lenguaje frente a un mundo saturado de ruido, de discursos estridentes para ser escuchados. La fotografía, también puede ser estridente. No es el caso de este proyecto.
El instante-parpadeo de “Movimiento, Color e Identidad” busca deliberadamente el punctum: no el gesto compuesto, sino el fragmento de vida en el detalle (1). Ahí está el hurto del momento vivido, anterior a la composición del sujeto en sí mismo. En Roland Barthes toda fotografía certifica el movimiento capturado, no solo en tanto estética, sino prueba de existencia, huella de un cuerpo vivo en “ese” microsegundo.
Desde la perspectiva de Walter Benjamin, el judío fallecido mientras arrancaba del nazismo,una foto es el «inconsciente óptico» (2): la cámara al capturar una imagen, ve eso el ojo humano no alcanza a percibir en el flujo cotidiano o estar ahí en el instante entre instantes. No se trata de fotografiar lo extraordinario, más bien el asunto va acerca de revelar la textura oculta de lo ordinario, ese movimiento constante de las personas, pasa normalmente desapercibido porque simplemente nos acostumbramos. Una costumbre nos adormece y lleva a la brutalidad. La cámara entonces desde ese lugar privilegiado no solo captura, también entrega conocimiento, pero requiere cierta disposición a aquello.

La propuesta de “Movimiento, Color e Identidad” abarca el concepto de «el fotógrafo siempre intenta imitar el arte, pintar la foto con la cámara»(3) y lo hace desde esa tensión existente tanto en Barthes como Benjamin: la fotografía nace bajo la sombra de la pintura y negocia constantemente su estatuto artístico. La sobresaturación y la inversión cromática funcionan aquí como gesto de reencantamiento: «un principio para re enamorarse», de ver eso ya no es posible ver por costumbre. En tal propósito profundamente benjaminiano se habla de cómo la reproductibilidad técnica destruye el “aura” del objeto único. Desde otras perspectivas el trabajo digital sobre el color puede leerse también en tanto es un intento de restituir el aura a lo cotidiano —la sangre corre por las venas, la vida detrás de lo trivial, el autoretrato fragmentado— y mediante la intervención manual/digital un trabajo individualiza cada imagen y la aleja de la reproducción neutra.
Byung-Chul Han(4), hace una denuncia: la estética contemporánea apunta hacia “lo liso” (das Glatte): la imagen pulida, sin heridas, sin negatividad, construida para agradar instantáneamente, sin exigir contemplación —el selfie perfecto, el filtro uniformador—. La sobresaturación y la inversión de colores propuestas en esta serie van, en cambio, contra esa lisura: introducen fricción, extrañeza, un color que no busca agradar, más bien: hacer ver. Desde esa perspectiva, este trabajo dialoga con la crítica de Han casi por oposición: donde la imagen digital contemporánea tiende a la lisura sin fisuras, aquí el color se usa como herida. Es una intervención, obliga a detenerse.
En lo referente a la Identidad en este proyecto, Han se vuelve más pertinente. La propuesta distingue entre “firma pública y privada”, un binomio, se profundiza con la referencia a las “tres máscaras” de la cultura asiática (la del día a día, la de la familia/pareja, la más interior). Esto puede leerse en tensión directa con la tesis central de Han en La sociedad de la transparencia y La agonía del Eros: el sujeto contemporáneo vive bajo un imperativo de exhibición total, donde lo privado se disuelve en lo público y el “otro” —lo distinto, lo opaco, eso no se deja consumir— desaparece. Han habla de una sociedad ya ha perdido la capacidad del secreto, de la distancia, del misterio. Por contraposición la sociedad del ayer protegía la interioridad.
El autorretrato propuesto en esta muestra, insiste en lo siguiente: “lo privado es la vulnerabilidad”, y eso va muy de la mano con el reclamo de Han relacionado con un gesto de resistencia: no exhibirse transparente y pulido, sino mostrar la fisura, esa máscara cae, el rostro sin la curaduría constante exigida en la cultura digital de la autopresentación. Frente al selfie contemporáneo —para Han es la forma extrema de un yo convertido en mercancía visible las 24 horas—, el autorretrato de esta serie reintroduce capas, cierta opacidad, y un adentro no se entrega del todo.

Y aquí vuelve Barthes: en La cámara lúcida él mismo describe la experiencia de ser fotografiado como una posesión de sí, una pequeña muerte, la conciencia de “convertirse en imagen”. El binomio público/privado de este proyecto muestra, en el fondo, esa misma inquietud barthesiana: ¿quién soy cuando sé que la cámara me mira?. Barthes distingue entre el que fotografió, el que soy y el que creo que soy para los demás; una multiplicación de identidades muy cercana a la trilogía, recogida en un tríptico.
Bruno y Franco manejan hoy cámaras digitales. Aprovechan la tecnología de hoy, por ejemplo, en la saturación del color, en el tríptico, pero funcionan tal cual lo hacían esos fotógrafos de la época análoga: una maquina réflex, varios objetivos, algunos filtros, tal vez un trípode y un rollo de 36 exposiciones. Eso implica, definir muy bien o equivocarse cuando llega el turno de hacer click en el instante entre instante y lo hacen a la manera de Germán Carrasco: la cercanía necesaria para el susurro.
1.- Roland Barthes: La cámara lúcida.
2.- Walter Benjamin: Pequeña historia de la fotografía
3.- Bruno H. Lang.
4.- Byul-Chun Han: La salvación de lo bello




