Fernardo Court un avecindado en Curacavi desde hace 5 años, un rango de tiempo el mismo considera reciente, nos invita durante el mes de septiembre a ver parte de su último catálogo, toda producción 2026, al interior de Café Pueblo, un lugar dedicado a talleres y eventos culturales. Fernando es miembro fundador del Colectivo Cultural La Yaca y con ellos se hizo cincuentón y eso sí importa. Con la energía dosificada, gestiona sus días entre otras labores y su preferencia por los pinceles, la paleta de colores y la tela. Ha vivido en distintos lugares y en todos, la significancia de la experiencia lo ha marcado. Esa es la manera de crecer y de vivir. Santiago, la Región del Maule, en especial, Constitución, España, todos lugares, en los cuales se toma y deja algo y fue precisamente en Constitución, mientras cursaba el último año de secundaria en el Colegio Gaia donde encuentra el principio de la pintura o esa parte de la fascinación aun es solo incomodidad o la intención por sacarse las pulgas del cuerpo.
Fernando agradece a su profesor Sergio Astudillo por acercarlo al acto y la acción de pintar; también le presentó a viejos cracks locales, talquinos. Después vinieron las otras facetas de la fascinación hasta convertirse en un autodidacta pleno y sereno. El Action Painting. en tanto es otra forma del expresionismo abstracto, lo llevó a un marco de referencia en el cual se sintió a gusto, no para descansar, más bien es la capacidad para encontrar en la calle, los materiales necesarios: bolsas de papas, cartones, géneros olvidados, papeles aun en el curso del viento. Y desde entonces, Pandemia de por medio, este impulso ha encontrado una ruta, un camino, en la cual a veces se detiene, a veces no.

El trabajo de Fernando Court se inscribe en un rango de estilo propio del siglo 20. Tiene elementos del Action Painting, pero no se queda en ese segmento; incluso subvierte algunos de sus postulados. Coquetea más deliberadamente con el expresionismo abstracto, uno figurativo con raíz post-abstracta. Y nos plantea una combinación del rango cromático de una forma suave; así, las frecuencias de los colores percibidas por el observador lo hacen parte de la propuesta. En él, a la gama toda de la frecuencia de pigmentos, se suma un color jamás visto y esa suma solo tiene sentido si antes hubo una resta. Restamos una fracción de los colores en tanto nuestro cuerpo no ha sido capaz de conmoverse y sumamos esa falta cuando la piel tiene la misma intención del habla.
Pero no solo es color, por cierto, también hay textura: paletas saturadas y contrastantes (naranjas, azules, rosados, ocres), esas capas de pintura muy fina, translúcida o semitransparente sobre otra capa inferior y los chorreados remiten a una ejecución gestual y expresiva, organizadas en capas superpuestas de manera casi escenográfica, con collage y textos incorporados en algunas piezas («Party»). El gesto y el goteo se presentan en algunas de los paisajes más abstractos del catálogo («Lo que me da paz», «Ramo de flores») y dominan más la superficie. Por momentos se acercan al espíritu del Action Painting, pero es solo eso. Desde una perspectiva técnica, hay cierta hibridez en la propuesta de Court y eso invita al observador a ser parte de un intento sin fin: el arte. Gombrich nos propone una eterno viaje: No hay arte, sino artistas y son estos quienes en su intento por alcanzar el Arte solo mueven un poco más allá o más acá las fronteras de los fantasmas, esas, donde el observador tiene las manos limpias y por sus venas, corre un arcoíris de sangre.





Felicitaciones por mostrarnos otras caras de las artes y las culturas.