En octubre de 1973, apenas un mes después del golpe militar contra el presidente Allende, Carabineros detuvo a Leonidas Isabel, de catorce años y con un cuerpo ya albergado en su cuerpo: dos corazones latían bajo la misma piel delgada, dos pulsos apagados por la dictadura con una bala. Ese octubre ya olía demasiado a cartucho percutado, a tierra recién removida y cuerpos inmóviles. Puente Alto la vio caminar por última vez con una certeza equivocada: por ser niña, por estar embarazada, por no tener ninguna trinchera a defender; todo eso la protegería de algo. No fue así: los Carabineros de la 2ª Comisaría la detuvieron el día 13, la cargaron a manera de objeto y no una vida en gestación, y la trasladaron a la 4ª Comisaría de Santiago, donde quienes llegaban allí ya conocía el idioma del miedo.
Hay una hora, en los regímenes del terror, donde el reloj se vuelve cómplice: el toque de queda cae, un párpado se cierra sobre la ciudad y los sucesos posteriores quedan enterrados en la oscuridad oficial. En esa hora la sacaron, llevaron hasta las orillas del Mapocho, ese río santiaguino ha cargado ya tantos cuerpos, su cauce sería una letanía interminable de nombres. Allí, cerca del puente Bulnes, el 14 de octubre, la ejecutaron. Catorce años y un vientre de meses: la aritmética de la euforia criminal no necesita justificarse, solo busca un cauce de río donde verter la verdad.
Pero el agua, si bien calla, no borra. Cincuenta años después, el nombre de Leonidas Isabel Díaz sigue ahí; es una costura abierta en la memoria del país, una herida se niega a cicatrizar en falso. Nunca hubo cuna, nombre para ese otro latido, ese otro pulso; apenas un expediente, una fecha, una orilla.
Una semana después de su detención, una amiga entra al Instituto Médico Legal y ve eso el papel de una autopsia no puede decir del todo: un cuerpo de catorce años cortado por el plomo, y junto a él, todavía unido por el cordón umbilical, un feto jamás llegó a tener nombre propio, no llegó a tener nada, salvo la breve dignidad de haber estado, por meses, vivo dentro de otra vida. Esa imagen es una fotografía quemada en la retina: la madre-niña y el hijo-semilla, cosidos el uno al otro incluso en la muerte, en un lazo ni las balas pudieron deshacer del todo.
Y sin embargo, cada vez alguien pronuncia su nombre, la devuelve un instante a la superficie: catorce años, embarazada, viva todavía en la sola obstinación de ser recordada. Sucede, los cuerpos de las mujeres, en tiempos de guerra sucia, se convierten en territorio: se ocupan, se marcan, se abandonan a la intemperie de un río o de un puente. Leonidas Isabel Díaz Díaz no eligió ser símbolo de nada; su intención era llegar a un funeral, velar a un vecino, volver a su casa, crecer. La dictadura cívico-militar decidió por ella, y decidió también por ese hijo nunca tuvo la oportunidad de decidir. Cincuenta y tres años después, su nombre se niega a cerrarse del todo, pues cerrar sería el triunfo del olvido.
Pero la memoria, insiste y de nosotros depende sus corazones aun puedan latir.





Fuerte pero cierto, duele y da rabia, pero está en la memoria de quienes la vivimos, es nuestro deber que la memoria no se borre cuando nosotros ya no estemos.