El poder de nombrar al enemigo

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Existe un poder anterior incluso a las bombas: el poder de decidir quién es el enemigo. Quien consigue nombrarlo puede construir alrededor de él una amenaza, instalar el miedo y conseguir que aquello que parecía intolerable comience a presentarse como necesario. Entonces llegan las sanciones, los bloqueos, las intervenciones, las bombas. Y aparece una palabra capaz de justificar demasiado: Terrorismo, y peor aún terrorismo de quien ejerce el poder

Aquí aparece Gaza y el pueblo Palestino. Cuando esas fronteras comienzan a desaparecer, Hamas deja de ser una organización y comienza a convertirse en una población. Entonces una escuela destruida puede llamarse objetivo militar. Un hospital atacado puede explicarse como necesidad operacional. Una familia muerta puede desaparecer detrás de una expresión burocrática: “daño colateral”. Por eso debemos formular una pregunta incómoda: ¿Quién tiene el poder de decidir a quién llamamos terrorista?

La pregunta resonó estos días en Naciones Unidas. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, respondió a las acusaciones de terrorismo mostrando fotografías de niñas muertas durante el ataque contra una escuela en Minab. No es necesario defender al gobierno iraní para comprender la fuerza de la contradicción. Israel debe responder por sus actos cuando corresponda. Estados Unidos también. Una norma que solamente se aplica al enemigo no es una norma. Es un instrumento de poder.

Y aquí debemos mirar más allá de Gaza. El gobierno de Netanyahu mantiene una alianza estratégica fundamental con Washington: armas, tecnología, inteligencia y protección diplomática. Israel posee intereses propios y no es una marioneta estadounidense. Pero tampoco puede comprenderse su capacidad militar sin considerar esa alianza. Detrás de los principios también existen intereses. Y la contradicción nuclear lo demuestra. Estados Unidos posee armas nucleares. Israel es considerado una potencia nuclear aunque mantenga ambigüedad sobre su arsenal. Mientras tanto, Washington amenaza a Irán en nombre de impedir que llegue a poseerlas. Entonces preguntamos: ¿Quién decidió que determinadas armas nucleares garantizan seguridad mientras otras constituyen una amenaza intolerable?

Pero quizás el escenario que más debería preocuparnos esté mucho más cerca. América Latina vuelve a ocupar un lugar central en la estrategia de quienes hoy ejercen el poder en Washington. La administración Trump habla abiertamente de reafirmar el dominio estadounidense sobre el hemisferio occidental y ha incorporado organizaciones  latinoamericanas al lenguaje del terrorismo. Nuestro continente debería escuchar esas palabras con memoria. Conocemos intervenciones, golpes de Estado, bloqueos, operaciones encubiertas, sanciones y gobiernos apoyados cuando convenían a determinados intereses. No es una teoría. Es nuestra historia.

Y ahora tenemos a Venezuela. Podemos pensar lo que queramos sobre Nicolás Maduro y su gobierno. Pero ninguna opinión sobre él responde una pregunta elemental: ¿Qué derecho tiene una potencia extranjera a ingresar militarmente en otro país y capturar a su gobernante?. La soberanía de Venezuela no depende de nuestra simpatía por Maduro. Y Venezuela posee petróleo: las mayores reservas probadas del planeta. Cuando después de una intervención aparecen acuerdos petroleros favorables a la potencia que intervino, preguntarse por los intereses involucrados no constituye conspiración. Constituye geopolítica.

Cuba conoce otra forma de poder: décadas de embargo, sanciones, restricciones financieras y presión sobre una economía que hoy atraviesa además una gravísima crisis energética. No hacen falta bombas para intentar doblegar a una sociedad. También existen el comercio, el crédito, la energía y el acceso a recursos esenciales.

Y ahora aparece Brasil. Washington ha ampliado la categoría de terrorismo hacia grandes organizaciones brasileñas. Esas organizaciones son violentas y deben ser combatidas. Pero América Latina tiene derecho a preguntar: ¿Qué consecuencias aparecen cuando Washington decide que una organización situada dentro de otro Estado deja de ser solamente criminal y pasa a ser terrorista? No afirmamos que Estados Unidos vaya a intervenir militarmente en Brasil. No tenemos evidencia para hacerlo. Y precisamente porque nuestra denuncia pretende ser seria, no necesitamos inventar lo que todavía no ha ocurrido. Basta observar lo que ya ocurre.

Chile acaba de adherir al Escudo de las Américas. Se presenta como una iniciativa de cooperación frente al crimen organizado transnacional, pero su alcance comprende también economía, infraestructura digital, cadenas de suministro y minerales críticos. Combatir el narcotráfico es necesario. Cooperar internacionalmente también. Pero la pregunta permanece: ¿Dónde termina la cooperación y dónde comienza la subordinación?

Para responder no basta escuchar los discursos oficiales. Hay que mirar el petróleo, el cobre, el litio, las rutas comerciales, la infraestructura digital y las alianzas estratégicas. Porque detrás existe una disputa mundial mucho mayor.

Estados Unidos enfrenta un mundo diferente del que surgió después de la caída de la Unión Soviética. China crece. Rusia disputa espacios de poder. Los BRICS aumentan su influencia y buena parte del Sur Global reclama mayor autonomía. El mundo avanza hacia una estructura más multipolar. Y quienes hoy ejercen el poder en Washington parecen decididos a preservar la primacía estadounidense, particularmente en un continente que históricamente han considerado su espacio estratégico inmediato. No necesitamos afirmar que Venezuela, Cuba, Brasil y el Escudo de las Américas forman parte de un plan secreto. Pero sí podemos reconocer que todos ellos se encuentran dentro de una creciente disputa por poder, recursos e influencia en nuestro continente.

Y allí Naciones Unidas aparece bajo una luz diferente. Quizás depositamos en ella una esperanza que su propia estructura hacía imposible satisfacer. Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido poseen derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Las grandes potencias construyeron un sistema destinado a limitar el poder mientras conservaron privilegios precisamente para quienes más poder poseían. Resulta difícil imaginar que renuncien voluntariamente a ellos.

Entonces la pregunta ya no es cómo conseguiremos que la ONU salve al mundo. Es otra: ¿Cómo impedir que quienes poseen mayor poder terminen convirtiéndolo también en derecho?. Porque finalmente todo converge allí. El poder militar permite atacar. El poder económico permite asfixiar. El poder político permite subordinar. Pero existe un poder anterior: El poder de nombrar al enemigo y conseguir que los demás acepten aquello que después se haga contra él.

La historia debería habernos enseñado a reconocerlo. Hiroshima y Nagasaki. Vietnam y el napalm. Irak y las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron. Son acontecimientos diferentes y no deben confundirse. Pero recuerdan algo elemental: las grandes potencias también pueden producir terror. Y poseen una ventaja extraordinaria: tienen capacidad para explicar después por qué su violencia era necesaria.

Los pueblos tienen derecho a no tener dueño. Y por eso quizás la pregunta más importante no sea quiénes son los verdaderos terroristas. Es anterior: ¿Quién posee el poder de nombrar al terrorista?. ¿Quién decide quién amenaza la civilización?. ¿Quién determina cuándo una frontera puede ser violada?. ¿Quién decide qué país debe ser sancionado, bloqueado o intervenido? ¿Quién determina qué muertos serán llamados víctimas y cuáles quedarán reducidos a daños colaterales?. Y finalmente: ¿Quién le otorgó ese derecho?

América Latina no necesita otro imperio. Necesita soberanía y cooperación entre pueblos iguales. Necesita relacionarse con Estados Unidos, China, Europa, Rusia , Cuba y el resto del mundo sin aceptar subordinación de ninguno. Porque la independencia no consiste solamente en tener una bandera, un himno y un asiento en Naciones Unidas. La verdadera independencia comienza cuando ningún poder extranjero puede decidir por nosotros quiénes deben ser nuestros amigos, quiénes nuestros enemigos y cuál debe ser nuestro destino. El poder de nombrar al enemigo es demasiado peligroso para entregárselo a un imperio. Y nuestro futuro es demasiado importante para permitir que otros lo decidan.

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