Próximamente se presentará en Curacaví, el libro de relatos de Mariel Norambuena, nacida en Santiago de Chile, en 1983, y radicada en el Valle del Puangue, Curacaví, desde hace 9 años y habrá una sesión de firma en la Plaza Presidente Balmaceda el sábado 15 de abril, desde las 17:00 hrs.
Mariel Norambuena se inclinó tempranamente por la lectura y posterior escritura, y se destacó a nivel académico, tanto primario como secundario. Estudió dramaturgia, en la Universidad Diego Portales con Benjamín Galemiri y Flavia Radrigán; también análisis de las obras de William Shakespeare, con Alejandro Zambra. Es también captioner, gestora cultural y está a la espera de su titulación como ingeniera comercial.
En 2021 publica su primer libro, la novela “Cuando no estés”, para luego continuar con el libro de relatos, “Lo que se hereda no se hurta”. También formó parte de la antología de palabras e imágenes, “El arte en las calles de 3F”, proyecto creado, editado y publicado por la poetisa argentina Liliana Bianco.

Reflexiones de Mariel
Pregunta: ¿Qué nos puedes relatar de tu relación con la lectura y posterior escritura?
Mariel: “Posiblemente, me gustó leer desde pequeña; sin embargo, recuerdo con nitidez un libro que me marcó particularmente y que suelo comentar con otros lectores o en entrevistas: Los renglones torcidos de dios, de Torcuato Luca de Tena. Me deslumbró la manera en que están descritos los escenarios y personajes, el realismo que existe en un lugar tan particular; un psiquiátrico. Y, luego, cómo se desenvuelve la historia, coronando con un desenlace magistral que, a mis catorce o quince años, fue toda una revelación. Por eso, cuando salió la película, hace poco, en Netflix, compré el libro y volví a devorármelo, como si fuese la primera vez que lo leía. Quería hacer una comparación. Me parecía tremendamente riesgoso intentar plasmar esa historia en el cine y muy valiente, por cierto.
Luego, el escribir va de la mano. Lees y, en algún momento te pillas rayando un libro o tomando notas personales en un cuaderno y después creando algo a partir de ello. En mi caso, pensamientos o intentos paupérrimos de poesía. Recuerdo dos libros en particular. El amor, las mujeres y la vida, de Mario Benedetti, que pasó a ser un libro dentro de otro. Fue mi acercamiento total a su escritura, después de haber leído La Tregua. De cada poema, creé uno nuevo, pésimo, pero mío. Era la necesidad de interpretar esas líneas ajenas y reinventarlas. El otro, es Rayuela, de Julio Cortázar, un clásico, pero tan difícil de leer, que necesitaba ir subrayando y anotando para no perderme. Incluso, recuerdo que retrocedía, porque me confundía, pero a la vez me atrapaba. Era una contradicción deliciosa. Y era un libro prestado, del Café Literario que había en la Alameda con Condell. Y me había encariñado con el libro.
Con el tiempo, recopilé una carpeta con todos mis escritos, entre los catorce y veinte y pico años; algunos tienen fecha. Es divertido ver lo que escribía, con tanta ingenuidad, poca perspectiva, visceralidad, casi catártico. Pero diría que es cómo se da parte del proceso. Empieza de una forma natural y va transformándose hasta sentir la necesidad de publicar que, en mi caso, fue más de veinte años después.
Pregunta: ¿Es para ti la observación un elemento clave para escribir?
Mariel: Es bastante sencillo, creo. Me refiero a que todo está ahí. Es verdad que luego inventas tramas, cambias nombres, mezclas situaciones, pero el ser humano está ahí, con sus luces y sombras, rarezas, lugares comunes, emociones, toda la complejidad de la persona está en el entorno. No sé si soy tan consciente muchas veces de que observo. Cuando estoy escribiendo suelo recordar gestos, miradas, formas de caminar, historias, frases, silencios particulares.
Por ejemplo, el primer libro, “Cuando no estés”, parte de una imagen muy nítida, conectada con una experiencia personal. Luego, los personajes se transformaron visual y conductualmente en una mezcla de personas que alguna vez conocí, desconocidos que llamaron mi atención, personas significativas en mi vida e imaginación. “Lo que se hereda no se hurta” ya es un proceso de mucha observación, porque trata de situaciones y personajes de Curacaví. Todos parten de personas reales y se van distorsionando conforme la historia lo requiere. Además, existe un respeto por no utilizar nombres propios reales o direcciones, porque no es un libro de historia o un ensayo, son relatos de ficción.
Resumiendo, no solo creo que es importante observar para crear historias, hablando de narrativa de ficción, sino que una pérdida de tiempo no hacerlo. Primero, porque ayuda a crear personajes con los que las personas puedan identificarse; y, segundo, porque está todo ahí, a la mano, en el día a día; no necesitas inventar la rueda dos veces. El ser humano, en su esencia, ha sido el mismo a través de los siglos. Lo que muestras son matices, formas, pero lo profundo es transversal a través de la historia y no tienes por qué inventarlo.
Pregunta: Finalmente, ¿qué nos puedes comentar de tu identidad como escritora?
Mariel: Pienso que se va formando con los años. Me encuentro en pañales, con solo dos libros publicados, recorriendo un camino de búsqueda, crecimiento, descubriendo qué tipo de escritora soy y quiero ser. Y es lindo estar en ese lugar, porque no siento presiones por seguir una línea ni tener que escribir lo que los lectores están esperando. Me siento libre. Ayer escribí sobre el maltrato y el renacer; luego, me apasioné con mi pueblo y sus personajes, historias, secretos, mitos urbanos; ahora, estoy escribiendo sobre el lado menos romántico de la maternidad y la presión que sentimos las mujeres para serlo. Pudiera decir que hay ciertas formas de escribir que se van repitiendo, como el lenguaje sencillo, cierto sarcasmo, lo onírico, pero no sé si son parte de mi identidad o de una etapa. Probablemente, quien me lea podrá detectar ciertas influencias literarias o responder mejor esa pregunta.
La venganza (Extracto)
Amelia iba a 180 km/h por la Ruta 68. Había poco tráfico, pero siempre era un riesgo enorme, sobre todo a esa velocidad, esquivar los camiones que circulaban entre la capital y el puerto, así como conducir en las acentuadas curvas en la subida hacia el túnel. En el asiento trasero iba Esteban, su único hijo, de 25 años, que cursaba la carrera de medicina en la Universidad de Chile, en quinto año. No sabía qué había ocurrido y cualquier idea que cruzaba por su cabeza solo la intranquilizaba más. Él estaba temblando, con las pupilas muy dilatadas, tenía sudoración fría, el corazón acelerado, estaba muy pálido y parecía aturdido.
Llegaron a la clínica en veinte minutos. Amelia había llamado al hospital de Curacaví a Emergencias pidiendo una ambulancia. Estaban copados porque, al parecer, había ocurrido un accidente o un incendio; lo intuyó por la sirena de bomberos. Si tocaban tres o más veces, era algo grande. Lo había aprendido de su amigo Óscar, bombero de la Primera Compañía, su mejor amigo en el pueblo. Ingresaron a Esteban inmediatamente y la espera se hizo eterna, lo suficiente como para perderse en recuerdos, buscando una explicación, lo que solo volvía la espera más angustiante.
Se habían mudado a Curacaví, a 40 kilómetros de la capital, hace siete años. El doctor le había recomendado a ella vivir en un sitio más tranquilo, debido a sus crisis de pánico. La ciudad la sofocaba y, además, su trabajo como asesora en marketing le permitía vivir ahí, ya que iba solo un par de veces a la semana a Santiago. La mayoría de las veces eran capacitaciones y charlas en el extranjero. Eso significaba dejar a su hijo solo algunos días al mes, aunque eso no le preocupaba, porque era bastante responsable. Era un chico estudioso y de hartos amigos. Solía ser el alma de la fiesta. A menudo, Amelia lo dejaba hacer asados o juntas con los compañeros de universidad, en la parcela. Había espacio suficiente y le parecía bien conocer las amistades de su hijo. Daba por sentado que, cuando ella se ausentaba, él llevaba gente o alguna chica a casa.
A ella le gustaba que él tuviera la libertad para hacerse cargo de sus actos. Las reglas eran claras y, mientras las cumpliera, todo marchaba bien. Habían formado una familia los dos solos. El padre de Esteban se fue estando ella embarazada. Nunca volvió a saber de él. Los abuelos de Esteban habían fallecido a temprana edad, cuando él tenía quince años. Antes de eso, vivían en el sur y, aparte de visitarlos algunas semanas durante sus vacaciones de verano, no los veía. Su madre tenía un hermano que vivía en Italia, pero poco hablaba de él. Mantenían con su hijo una buena relación, aunque con los límites de privacidad que ella le había inculcado. Sus conversaciones solían ser sobre temas prácticos o más bien cotidianos: el trabajo, el estudio, las noticias contingentes, alguna serie o película para recomendar.
Ninguno sabía mucho sobre la intimidad del otro, lo que sentía, sus miedos, sus vacíos con fantasmas. Continuó buscando señales sobre algunos síntomas o cambios de conducta de su hijo. El último año lo había notado, en ocasiones, ansioso, pero lo adjudicaba a la presión de la carrera, las prácticas y largos turnos, sumado a su vida social, que no transaba por más cansado que estuviera. Solía decir, cuando ella le sugería que debía descansar: «Vieja, la vida es ahora. Cuando muera tendré tiempo para reponerme», seguido de un beso en la frente o mejilla. Amelia tenía una pareja puertas afuera que se quedaba en casa algunos fines de semana.
Siempre había sido un alma libre y un poco solitaria, no servía para relaciones convencionales. Tenía pocos amigos, de esos que se han cultivado por años y apañan en todas. Aparte de los viajes por trabajo, solía estar en casa. Durante la semana, Esteban se quedaba varios días en Santiago, estudiando, de turno o simplemente para no viajar a diario. Llamó a Bárbara, su mejor amiga (la de su hijo) para indagar un poco sobre alguna señal que pudiera haber visto en el último tiempo.
—Hola, soy Amelia, la mamá de Esteban, ¿cómo estás?
—Hola, bien, ¿y tú?
—Más o menos, lo que pasa es que…
—¿Pasó algo?
—Sí… Esteban comenzó a tener algunos síntomas extraños, temblores, sudoración. Vinimos a Urgencias y quería saber si estos días has notado algo fuera de lo común, algo que…
—No, nada —elevó la voz, algo que suelen hacer las personas al mentir. Amelia, por supuesto, no lo percibió.
—¿Te dijo si le dolía algo?
—No, se veía… Como siempre.
—Bueno. Muchas gracias.
—Por favor, tenme al tanto de cualquier novedad. Te escribo más tarde para saber cómo sigue.
—Ok. Chao —justo colgó cuando salió una joven de Urgencias.
—El acompañante de Esteban Salgado.
—Yo, soy su mamá.
—Pase, por favor.
Una serie de módulos, todos ocupados por personas con expresiones de fatiga o dolor. Llegó al mesón de enfermería y la atendió un doctor alto, de unos 35 años, con una barba perfectamente cortada.
—Usted es… —dijo el Doctor Fernández.
—Amelia Opazo.
—Amelia, su hijo está en este momento recibiendo medicación para calmar la agitación y la presión, está con apoyo de oxígeno. Hemos podido detener las convulsiones y, una vez terminados los exámenes, será trasladado a cuidado intensivo. Está consciente, eso es buena señal. Estamos esperando los resultados, pero todo indica que tuvo una sobredosis de cocaína.
—¿Qué? —su rostro se terminó de desfigurar con esa última palabra. Comenzó a preguntarse en voz alta, sin darse cuenta—. ¿Desde cuándo? ¿Por qué?
—¿Estaba al tanto de esto? ¿Sabe cuánto tiempo lleva consu…?
—No tenía idea —no pudo aguantar el llanto, incluso un par de sollozos se escaparon—. Disculpe…
—No se preocupe. Puede pasar a verlo.
Entró en el box de Urgencias. Estaba conectado a una mascarilla de oxígeno, unos parches e intravenosa. Lo saludó tiernamente y tomó su mano. Intentó leer las soluciones que colgaban a un lado de la cama, cuando lo escuchó hacer un ruido gutural, se giró para ver cómo su hijo empezaba a convulsionar con violencia. Gritó sin pensarlo: «¡Ayuda!» y, antes de que sonaran las alertas del monitor de signos vitales, había cinco personas en la habitación. No escuchó nada con claridad, su cabeza bombeaba, las voces lejanas, alguien cerró la puerta luego de halarla (qué ironía) hasta afuera. Lo último que vio antes de que cerraran las cortinas, fue a una chica sobre Esteban haciéndole reanimación.





Curacavi digital es un gran aporte en elevar la discusion mas alla de lo cotidiano. Un abrazo
… Antes en Curacaví, todos los vecinos se saludaban en la vía pública, se conocieran o no…. Eso hoy ya no existe…. Agregar que me crie en la actual Casona de Curacavi y ahí se fundo la primera Fábrica de Dulces Chilenos de Curacavi con patente para poder venderlos….. Las y los vendedores llegaban muy temprano con sus canastos para luego ir ofrecerlos a los pasajeros de los Buses que pasaban por el Pueblo en un recorrido de Santiago a Valparaíso…. Tiempos Extraordinarios de mi Vida en esa Casona con mil recuerdos y anécdotas……