Estados Unidos: imperio en tensión, sociedad en ruptura

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Estados Unidos atraviesa una crisis estructural del poder , legitimidad y cohesión social profunda que ya no puede ocultarse con retórica democrática ni con liderazgo militar global . Inmigración desbordada, guerras interminables , no son fenómenos separados: son síntomas de un mismo agotamiento histórico. La potencia que se presentó durante décadas como garante del “orden internacional” no logra hoy gobernarse a sí misma sin fracturas..

La inmigración: consecuencia, no causa

El debate migratorio en Estados Unidos está deliberadamente falseado. Los inmigrantes no son el problema: son el resultado directo de décadas de intervenciones, saqueo económico y desestabilización en América Latina, Medio Oriente y África.

Guerras, golpes de Estado, tratados comerciales desiguales y destrucción de economías locales empujaron a millones a migrar. Ahora, esas mismas personas son utilizadas como chivo expiatorio interno.

La frontera sur se ha convertido en escenario político permanente:

  • Estados gobernados por republicanos militarizan el territorio.
  • Gobiernos demócratas prometen humanidad mientras refuerzan controles.
  • El sistema colapsa, pero nadie quiere asumir la causa estructural.

Donald Trump: causa y síntoma

Donald Trump no es una anomalía. Es la expresión más cruda de la crisis del sistema político estadounidense.

Trump capitaliza:

  • El abandono de la clase trabajadora blanca y racializada.
  • El resentimiento contra las élites tradicionales.
  • El fracaso del “sueño americano” para millones.

Su discurso antiinmigrante, autoritario y nacionalista no crea la fractura: la explota. Promete orden en una sociedad que ya no cree en sus instituciones.

El Partido Demócrata, lejos de ofrecer una alternativa estructural, se limita a administrar el declive. Defiende el mismo modelo económico, sostiene las mismas guerras y solo se diferencia en el tono.

Así, Trump gobierna no porque sea fuerte, sino porque el sistema no produce nada mejor.

Una democracia en erosión

Estados Unidos vive una degradación acelerada de su democracia:

  • Polarización extrema.
  • Judicialización de la política.
  • Violencia política latente.
  • Desconfianza masiva en elecciones y medios.

Estados Unidos ya no es el “faro democrático”. Es una potencia con poder militar intacto y legitimidad interna erosionada. Su mayor peligro no es China, Rusia o Irán. Es su propia fractura social. Y cuanto más se profundiza esa crisis interna, más agresiva tiende a ser su política exterior, porque los imperios en decadencia buscan afuera lo que ya no pueden sostener adentro. Conectar la crisis interna de Estados Unidos con su política exterior agresiva no es una hipótesis ideológica: es un patrón histórico. Cuando el consenso interno se rompe, el poder busca cohesión afuera mediante confrontación, sanciones y guerras por delegación

Lo que viene

El escenario más probable no es una implosión inmediata, sino algo más peligroso: una inestabilidad crónica, con ciclos de radicalización, autoritarismo blando y conflicto social permanente. Un Estados Unidos más débil internamente no es un Estados Unidos más pacífico. Al contrario: es más impredecible y más propenso a usar la fuerza externa como compensación.

La lección para el mundo —y para América Latina

Lo que colapsa no es solo un gobierno o un líder. Colapsa un relato: el de Estados Unidos como modelo universal.

Para América Latina, esto confirma una verdad histórica:

La dependencia nunca ofreció estabilidad.

El alineamiento automático nunca protegió.

El futuro pasa por mayor autonomía, integración regional y soberanía política.

Estados Unidos enfrenta hoy su propio espejo : el país que exporto guerras, desigualdad y desestabilización recibe de vuelta las consecuencias.

Donald Trump no es el fin del problema. Es el rostro más brutal de una crisis que seguirá con o sin él.

Las guerras: Incapaz de resolver su crisis interna, Estados Unidos externaliza el conflicto. Mantiene o alimenta guerras en Ucrania, Medio Oriente y otras regiones no solo por razones estratégicas, sino porque:

La guerra sostiene al complejo militar-industrial.

Permite cohesionar internamente mediante enemigos externos.

Desplaza la atención de desigualdad, racismo y colapso social.

Pero el costo crece. La sociedad estadounidense muestra fatiga bélica, mientras los recursos públicos se desvían a armamento en lugar de salud, educación o infraestructura.

El imperio no sabe cómo replegarse sin perder poder , mantiene guerras en todo el mundo :

CUBA : Trump quiere apoderarse de Cuba, el bloqueo criminal se expresa en su forma más extrema con el petróleo y  la energía,  diseñado para paralizar hospitales, transporte, producción de alimentos y la vida cotidiana, cuyo objetivo es inequívoco: quebrar a un pueblo por hambre, oscuridad y desesperación para forzar su rendición y justificar una intervención No es un error ni un exceso: es una política criminal consciente.

VENEZUELA: Descaradamente rapta al presidente Nicolas Maduro , primero lo acusa de narcoterrorismo , ahora cambia su discurso y sin tapujos Trump declara que va por el petróleo.

IRAN : La amenaza de una guerra contra Irán no puede leerse como un episodio aislado ni como una reacción defensiva puntual. Es parte de una disputa estratégica de largo aliento por el control del orden mundial, en un momento en que la hegemonía estadounidense muestra signos evidentes de desgaste. Irán no es solo un Estado nación. Es un nodo geopolítico clave: energético, militar, religioso y simbólico. Golpear a Irán significa reordenar por la fuerza el tablero de Medio Oriente y enviar un mensaje de atención y disciplina al resto del mundo: quien desafía el orden impuesto, paga el precio.

ISRAEL : El  apoyo irrestricto de Estados Unidos a Israel, incluso frente a acusaciones globales de genocidio en Gaza, no es moral ni humanitaria, sino estructural, histórica y geopolítica. Israel no es solo un aliado: funciona como una plataforma militar avanzada de Estados Unidos en Medio Oriente.

Israel es para estados unidos portaaviones terrestre en una región clave para el control energético y comercial. Un factor de disuasión contra potencias y actores hostiles a la hegemonía estadounidense .

Un laboratorio de tecnologías militares, de vigilancia y control social que luego se exportan al mundo.

En esta lógica, la vida palestina no es una variable relevante, sino un “daño colateral” tolerable dentro de una estrategia de dominación regional. Los palestinos no son vistos como un pueblo con derechos plenos, sino como un obstáculo demográfico y político. La violencia sistemática se normaliza como “seguridad”. Gaza se transforma en un territorio cercado, controlado por aire, mar y tierra, una forma contemporánea de campo de confinamiento. Las denuncias de genocidio, incluso cuando provienen de organismos internacionales, expertos en derecho humanitario o relatores de la ONU, chocan con esta matriz colonial, que históricamente ha justificado exterminios en nombre del “orden” o la “civilización” .

Lo que ocurre en Gaza no puede seguir siendo maquillado como “conflicto”. Es una destrucción sistemática de una población civil bajo asedio permanente. Y el respaldo de Estados Unidos a Israel no es pasivo ni diplomático: es militar, financiero y político. Washington no es un espectador. Es garante material de la ofensiva. Cada bomba de fabricación estadounidense, cada veto en el Consejo de Seguridad, cada paquete multimillonario de ayuda militar, convierte el discurso de “derechos humanos” en una declaración vacía. El doble estándar es evidente: se invoca el derecho internacional cuando conviene y se lo ignora cuando afecta a un aliado estratégico.

El respaldo irrestricto de Estados Unidos a Israel no es un error de cálculo ni una ceguera moral. Es una decisión política consciente que prioriza hegemonía regional por sobre vidas humanas. La acusación de genocidio no incomoda por falta de fundamento; incomoda porque, si se acepta, implicaría reconocer responsabilidades que alcanzan más allá de Tel Aviv y llegan hasta Washington. Esa es la dimensión real del problema.

UCRANIA : El apoyo de Estados Unidos a Ucrania no es un gesto humanitario ni una defensa abstracta de la “democracia”. Es una decisión geopolítica dura, con objetivos estratégicos muy claros.

Debilitar a Rusia sin guerra directa

Ucrania funciona como campo de confrontación indirecta. Washington evita un choque frontal entre potencias nucleares, pero desgasta militar, económica y políticamente a Rusia usando armas, inteligencia y financiamiento ucraniano. Es una guerra “por delegación”.

Mantener la hegemonía estadounidense en Europa

El conflicto reafirma el liderazgo de EE.UU. sobre la OTAN y reduce los márgenes de autonomía estratégica de Europa. Países que antes dudaban hoy compran armamento estadounidense y alinean su política exterior a Washington.

Control energético y económico

La guerra rompió los vínculos energéticos entre Rusia y la Unión Europea. Resultado:

  • Europa paga energía más cara
  • EE.UU. vende gas, armas y financiamiento
  • Las economías europeas se subordinan aún más

El negocio de la guerra

El complejo militar-industrial estadounidense obtiene contratos multimillonarios. La guerra no solo se tolera: se capitaliza.

El doble estándar moral

Mientras EE.UU. se presenta como defensor de Ucrania, tolera o apoya abiertamente violaciones al derecho internacional en otros escenarios, especialmente cuando sus aliados están involucrados. La “defensa de la soberanía” se aplica solo cuando conviene.

El costo humano y político

Ucrania pone los muertos, la destrucción y la deuda futura. EE.UU. pone armas y discurso. La reconstrucción —cuando llegue— también será un gran negocio, probablemente para corporaciones occidentales.

El apoyo de EE.UU. a Ucrania no busca la paz, busca reordenar el poder global, frenar a Rusia, disciplinar a Europa y reafirmar su rol imperial. Ucrania no es el fin: es el medio.

EUROPA : Europa no es un actor soberano pleno frente a Estados Unidos, sino un socio subordinado con fisuras internas. Su papel oscila entre la obediencia estratégica y gestos retóricos de autonomía. Europa no es un contrapeso de Estados Unidos, es su socio menor. Las críticas existen, pero no se traducen en una política exterior independiente. Meloni y otros líderes hablan de soberanía, pero gobiernan dentro del marco impuesto por Washington.

La subordinación de Europa a Estados Unidos no solo tiene efectos geopolíticos: es uno de los principales fertilizantes del crecimiento de la ultraderecha europea. No es una contradicción: es una consecuencia directa.

CHINA : La relación entre China y Estados Unidos constituye hoy el eje estructurante del sistema internacional. No se trata ya de una simple rivalidad comercial ni de una reedición mecánica de la Guerra Fría, sino de una disputa sistémica entre dos modelos de poder, dos concepciones del orden global y dos visiones sobre el futuro del desarrollo tecnológico, financiero y geopolítico. En un mundo que avanza hacia la multipolaridad, esta relación es al mismo tiempo motor de transformación y fuente de inestabilidad.

Durante décadas, la interdependencia económica funcionó como amortiguador estratégico. China producía, Estados Unidos consumía; uno acumulaba reservas, el otro emitía la moneda de referencia mundial. Pero esa simbiosis empezó a tensionarse cuando Beijing dejó de ser “la fábrica barata del mundo” para convertirse en competidor tecnológico, financiero y militar. El conflicto ya no es solo por aranceles o déficit comercial, sino por liderazgo en inteligencia artificial, semiconductores, telecomunicaciones, energía y control de cadenas globales de suministro.

La multipolaridad no significa equilibrio pacífico automático. Significa, más bien, fragmentación del poder. Estados Unidos intenta preservar su primacía mediante alianzas militares, sanciones financieras y control tecnológico. China, en cambio, expande su influencia a través de inversión en infraestructura, comercio Sur-Sur y construcción de bloques alternativos al orden dominado por Washington. En este contexto, instituciones como los BRICS, el fortalecimiento del yuan en transacciones internacionales y la búsqueda de autonomía estratégica en distintas regiones son síntomas de un reordenamiento en marcha.

La consecuencia más visible es la erosión del monopolio occidental sobre la gobernanza global. El dólar sigue siendo dominante, pero enfrenta desafíos; la OTAN sigue activa, pero ya no define por sí sola el equilibrio mundial; los organismos multilaterales atraviesan tensiones internas. El mundo multipolar es menos jerárquico, pero también más incierto.

Para regiones como América Latina, esta disputa abre una ventana ambivalente. Por un lado, ofrece margen de maniobra: diversificación comercial, acceso a financiamiento alternativo, mayor capacidad de negociación. Por otro, expone a presiones cruzadas: alineamientos forzados, guerras comerciales que afectan exportaciones, tensiones en materias primas estratégicas.

La multipolaridad no es el fin del conflicto, sino el fin de la hegemonía indiscutida. En ese tránsito, la relación entre China y Estados Unidos no solo define quién lidera, sino qué tipo de orden mundial emergerá: uno basado en bloques enfrentados, en coexistencia competitiva o en una nueva arquitectura de poder compartido. El resultado aún está en disputa.

RUSIA : La relación chino-rusa se ha fortalecido  por intereses convergentes frente a la hegemonía estadounidense. Moscú aporta poder militar, recursos energéticos y experiencia geoestratégica; Beijing aporta músculo económico, capacidad industrial y proyección financiera. Ambos comparten un objetivo central: debilitar el orden unipolar construido tras el fin de la Guerra Fría.

Estados Unidos frente al eje euroasiático

Para Estados Unidos, la convergencia entre China y Rusia representa su mayor desafío estratégico desde 1945. Washington enfrenta por primera vez dos potencias coordinadas, una económica-tecnológica y otra militar-nuclear. De ahí la estrategia de contención dual: sanciones severas contra Rusia y cerco tecnológico-militar contra China.

La guerra en Ucrania aceleró esta dinámica. Rusia quedó empujada fuera del sistema financiero occidental y China pasó a ocupar el rol de sostén indirecto, sin romper del todo con Occidente. Beijing aprendió una lección clave: el poder financiero y monetario de Estados Unidos puede ser un arma devastadora, lo que refuerza su apuesta por mecanismos alternativos al dólar.

Multipolaridad: más actores, menos reglas

La consecuencia directa es un mundo menos previsible y más fragmentado. Ya no existe un centro único de poder ni reglas consensuadas. Rusia desafía el orden militar; China, el orden económico; Estados Unidos intenta preservar ambos. El resultado es una competencia permanente donde el derecho internacional se aplica de forma selectiva y la fuerza vuelve a ocupar un lugar central.

En este contexto, la multipolaridad no garantiza estabilidad. Al contrario: aumenta el riesgo de conflictos regionales, guerras por delegación y disputas por recursos estratégicos. La diferencia es que ahora ninguna potencia puede imponer sola las reglas, pero todas pueden bloquearlas

Antu
Antu
Colaborador de la Coporación Ute-Usach. Vecino de Curacaví

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