Germán Carrasco, de paso en Curacaví.

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El poeta Germán Carrasco ha muerto el pasado 9 de febrero en el hospital San José de la comuna de Independencia. Casi nunca nos podemos despedir en vida de nuestros amigos, todo queda inconcluso.

Durante gran parte de su vida Germán llevó una existencia itinerante, pernoctando en sofás de amigos, piezas de invitados o cumbres de cerros. Esta nomadía -padecida y exaltada- se volvió un tema recurrente en su escritura. La levedad, el elogio a la pérdida, los metrajes encontrados, el camino de la mano vacía (karate-do), el desprecio a la ostentación del barroco y a la ostentación en sí misma, salvo quizá a la ostentación del propio cuerpo en su desnudez. Todo eso tiene que ver con un nomadismo que se fue volviendo cada vez más álgido y que tiene demasiados antecedentes en la historia literaria del país. A propósito de artículos y figuritas de peregrinaje que caben en un bolso o incluso en un bolsillo, recuerdo aquella vez que nos leyó este poema, que inicialmente se llamaba “tchochtke” -traducido como chuchería o baratija- pero que Germán nos explicó: “es más bien como cosita”:

UNA PALABRA EN OTRA LENGUA

Aquí están para ti todas las cosas
que aparecen en las imágenes de la web
bajo la palabra tchochtke: búscalas,
son los Darumas tuertos que te traigo, portátiles
para la alforja o cartera o mochila
de tu memoria de nómade con cámara
super 8, el ojo izquierdo apretado y las arrugas.
No cualquier tchotcke o fetiche eso sí
sino p ej uno de los gatos de cerámica con una pata rota
en el templo de los gatos
en Sunless de Chris Marker.
No es tan impronunciable
esto que parece la onomatopeya
de contactos orales, sexuales.
Suena al lenguaje del sexo
las t’splosivas, t, t, t:
que es en el fondo un pre lenguaje
animal e infantil: la nostalgia
por anular las palabras y volver a épocas
en que no sabíamos hablar.
Tengo en las manos
que están tras mi espalda
un regalo sorpresa:
un tchotchke, para ti.
(–yo sólo quiero lo que tienes
en la espalda, tus manos
vacías, con nada más
que sus dedos).

Vivo como en 5 casas, era la queja del poeta en su edad madura. ¿Cómo no se me van a perder las cosas? A veces se preguntaba por los académicos que viven hablando de “territorios”, “nomadías”, “orfandades” ¿Sabrán realmente lo que significa vivir a salto de mata, en varias casas, llevando lo mínimo en un bolso? (Mantis).

Me hacía gracia que siempre llevara consigo un neceser (artículo de caballero antiguo), donde almacenaba varios de los objetos que perdía con más facilidad en cada cambio de casa: cepillos de dientes, crema para las manos, pastillas para dormir, etc. Tenía otras costumbres de caballero antiguo que a él le divertía que me llamaran tanto la atención, como sentarse a lustrar con paciencia y enorme dignidad un par de viejos zapatos de cuero (el betún quizá viajaba en el neceser, junto al mentholatum). Obviamente, para cualquier nómade el calzado es vital. Hace tiempo ya que había adquirido el gusto de dormirse temprano y despertar medio fantasmagórico a horas cada vez más extremas de la madrugada para tomar algún té raro y hacer yoga y leer y escribir. En la duermevela podías sentirlo deslizándose de la pieza a la cocina, como un bicho furtivo o una serpiente.

Una de sus residencias más habituales de los últimos años fue la casa del camarada y mecenas Leonel Gatica, ubicada en calle Ambrosio O’higgins 1477, Curacaví, en lo que había sido una antigua comisaría rural adaptada como vivienda. Aquí Germán ocupaba uno de los calabozos al fondo del terreno, que el dueño de casa había transformado en una pieza, llena ahora de libros con anotaciones y una cama eternamente a medio hacer. Habitar y producir texto en calabozos minimalistas o en estudios monacales era otro karma que Germán ya venía invocando hace tiempo a través de su escritura.

ODA A UN NOTEBOOK

un hombre o una mujer desnudos
en una pieza tipo calabozo,
un ser humano solo
rodeado, en el mejor de los casos,
de ediciones y un termo con té,
de diccionarios y una botella de vino
pero la mayoría de las veces
rodeado de nada, a oscuras;
las rodillas abrazadas,
la cabeza en las piernas;
un ser humano solo
que piensa: (a)el cobre no se oxida
(b)el rock es luz y (c)todo poema
es un regalo
hecho con devoción y (d)
el cuerpo es de goma o acero:
aguanta que ni se imaginan
y lo que nos cortan
nos crece con creces
como a la lagartija (sagrada
para la tribu de la infancia
en el rito del microscopio
y la tortura)
Se suele olvidar esas cosas.
Y reflexiona incluso
ese hombre o esa mujer
cuando el pensamiento no juega
ping pong —aburrido
por su falsa levedad—
ni la culpa juega a algo
aún más rudo.
Antaño —esto siempre fue hábito—,
ese hombre o mujer
garabateaban notas en la penumbra
que luego, al ser revisadas, tenían el aspecto
de ninjas que habían saltado
sobre la página.
Hoy usa un PC.
Un ser humano solo con una laptop
en una pieza tipo calabozo,
una laptop milagrosa que ilumina la pieza
como un altar o un fetiche católico.

La idea de habitar una celda sin duda le agradaba y acentuaba su disposición de monje para la práctica del rezo y la meditación, y seguro que también le renovaba la nostalgia por los códigos sagrados del hampa, la brigada incendiaria, los choros de verdad –bien afeitados, con el pelo corto-, esos caballeros antiguos a los que alguna vez vimos apostando a los caballos en Independencia.

Fue entre las paredes de ese antiguo calabozo donde probablemente afinó varios detalles de sus últimos libros publicados en vida, Pumas en la Alameda (2020), Cripsis (2023), Resurrección y saqueo (2024), Overlistas de Patronato (2024), etc.

Con Leonel andaban en bicicleta por la carretera, escuchaban el Concierto en Colonia de Keith Jarrett y exploraban los áridos cerros que rodean el pueblo en búsqueda de flores y alimañas. Con la madre octogenaria de Leonel se sentaban a repasar versos encontrados de la biblioteca de la casa y a beber chupitos de wisky -cosa que la anciana tenía medio prohibido.

En una ocasión, subieron ese cerro que está a la entrada oriente del pueblo, por la Ruta 68, y llegaron hasta el lugar donde alguna vez estuvo Rosamel del Valle, el poeta nacido en Curacaví.

En la foto, aparece el poeta curacavinano y parte de su familia sentados en ese cerro frente a lo que hoy es el Cementerio Municipal. ¿Qué cosa rarísima no? Rosamel se sentó frente a un cementerio, el lugar donde empieza el olvido, dijo Germán esa vez. Al menos, deberían cambiar el nombre de la Biblioteca Pública N° 037 por la de Biblioteca Pública Rosamel del Valle. ¿No debe costar mucho, cierto?

Hay mundos creados para no ser vistos y palabras
Para no ser oídas. Ni el trueno sabrá ese día
Que habrá un silencio ardiente entre tu sol y mi noche.
(Cántico de la visitación – Rosamel del Valle)

Rosamel, decía Germán, logró lo que pocos logran: tener un lenguaje propio. A veces hablábamos sobre la maldición plenamente vigente de no ser considerado en el propio territorio en el que uno nace, de ser una especie de fantasma, un forastero en el propio país, en el propio pueblo incluso. Extranjerías, nomadías. En Europa y otras partes sobran monumentos y calles y piletas y lo que se les ocurra sobre algún personaje que solo nació o fue a comer o arrendó una pieza en tal o cual lugar.

Las cumbres de los cerros eran, por lo demás, espacios de anonimato y orfandad aumentada. Nos turnábamos la cuchara para comer de la olla, dormíamos acurrucados junto a la fogata, literalmente sin techo, siempre con más aire de homeless que de deportista outdoor. Al menos de un cerro nadie te va a echar, o al menos es más difícil que llegue algún policía a esas alturas a prohibirte tomar el sol. Al no poseer, enumeramos. Una vez nos sobrevoló un cóndor solitario y Germán aventó un grito a los cielos: “broder!”.

A propósito de cierta película noruega que comentamos junto a Leonel alguna vez (Elling…mi amigo y yo –Peter Naess), Germán decía que no tenía sentido permanecer en el anonimato. ¿Por qué Curacaví quiere ya intencionalmente olvidar a Rosamel del Valle?, se preguntaba. Respecto al nombre de la biblioteca pública, Leonel acogió las inquietudes de Germán e hizo las gestiones necesarias. Ni siquiera era un gasto municipal de importancia. El concejo celebró y aprobó la iniciativa, pero finalmente nunca se llevó a cabo.

Ahora, recién llegados a Curacaví, sin casi haber dormido, nos llega el sendo rebencazo de noche criolla y terruño fértil, esa noche como viñeta de condorito antiguo, con una medialuna de fondo. En un par de horas nos vamos a Santiago, al velorio. Hay que tratar de dormir algo.

Evoco las lecciones de lucidez de Germán en esta vigilia demasiado larga, donde todo tipo de heridas sociales decantan hacia el fondo de la noche de la república o el Forestal de Santiago abandonado en vacaciones (ahora mismo, febrero). Ando en calidad de huésped, así que pienso en el arte carrasquiano de desdoblarse en casas ajenas, en sus mascotas, sus fotos y sus libros. Releo algunos fragmentos de su prosa.

Los departamentos y casas ajenas son un lugar en donde, por alguna razón, se escribe y reflexiona más de lo normal. Gracias por el sueño que me dio tu casa, le escribe Gabriela Mistral a Victoria Ocampo, y esos son sus «Recados» de Tala, la bitácora de agradecimiento y homenaje a todos los lugares en donde estuvo de nómade.

Lo fascinante de esto es que uno lee lo que no ha leído y ve las películas que no ha visto y no las ve solo, también las ve con los ojos de la amiga o amigo que te prestó o te pidió que le cuidaras el lugar, que regaras las plantas y le dieras comida al gato. Es como estar en una biblioteca o cinemateca nueva por una temporada.

Se trata de un cambio de país, de provincia, un paso en el salirse de uno mismo, y esa es una de las razones por las que uno se pone tan productivo en esos lugares.

Leer y ver la realidad en formato película a través del ojo ajeno de los amigos con los que nos prestamos ropa de vez en cuando. Así debería ser la camaradería, en vida. Un guiño desde el cajón: ojo, que éste se las banca. Se la bancó siempre. Piel dura, nómade de gustos principescos, dormir bajo el aroma imaginado de un bosque de rudas.

GANAS DE TROTAR BAJO LA TEMPESTAD

Nacimos en el desprecio a los signos de exclamación,
en habitáculos donde solo se llega a dormir o al amor
y se sujetan los áfonos y dulces quejidos, en el desprecio
a esos signos que tanto daño han hecho a los amantes
y a la relación entre empleadores y empleados.
Tenues
ofrecemos té y vino en diminutivos a quien comparte la charla,
el ajedrez sin fanfarronear el triunfo, sotto voce
como si con los decibeles se fueran a marchitar las calas
o fuera a ocurrir algo terrible
y alguien sugiere una épica del silencio,
conformada por la antología de Cuántos
ecos, susurros y gemidos
porque luego de leer versos durante media hora se puede sentir el
paso de un diente de león con mensaje amante o una pelusa al cruzar
el cuarto y comprender de inmediato que se trata de la muerte; luego
de leer sin prejuicio a los pares la tradición la calle, se puede superar
el gusto y los prejuicios; se pueden entender las sutilezas burguesas
en forma de haikúes, sonetos de agua y esas cosas. Sin inquietarse.

Andres Azua Sanchez
Andres Azua Sanchez
Antropólogo, con maestría en DDHH, poeta, pintor, músico y magallánico. Un apasionado del trekking.

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