La crónica agoniza. Basta con darle un vistazo a los textos finalistas de la edición chilena del emblemático concurso de crónica periodística Nuevas Plumas, organizado aquí por la Universidad Andrés Bello en conjunto con el proyecto educativo denominado por su creador, Juan Pablo Meneses, como Universidad Portátil. La crónica, ese género marginal entre el periodismo y la literatura que en Latinoamérica fue llamado a ser el reducto de los hijos del Boom, ha sido tomada por asalto por este monopolio literario que vio en su orfandad la oportunidad de imponerle, a la fuerza, padres putativos que apenas balbucean.
Soy lector del Concurso Nuevas Plumas desde que en 2011, un joven Eliezer Budasoff, antes de ser la voz detrás del podcast El Hilo, irrumpió con un formidable perfil —que es casi un ensayo sobre el arte de mentir— de Nahuel Maciel, un periodista que hizo carrera inventando entrevistas con celebridades como Vargas Llosa o García Márquez. Más tarde, en 2014, me topé en Anfibia —esa Anfibia de las historias bien contadas y no la de los manifiestos políticos a ritmo de papers académicos— con un texto desolador de Cristian Velasco sobre su paso por Lurigancho, el penal más grande de Perú.
Vuelvo a este texto ganador de la edición de ese año de tanto en tanto y soy capaz de sentir el miedo y el frío en la espalda en cada línea, así como vuelvo al texto de Carlos Manuel Álvares, ganador en el 2015, y en cuyo lead puedo recordarme adolescente, fan, ñoño y en cierto punto envidioso ante la pulcritud milimétrica de un párrafo donde nada falta, nada sobra y en el que todo calza como un guante.
“Hace un año, antes de que la maleza se cerrara sobre sí y la inmundicia fuera sustituida por el metálico aroma del silencio, en las inmediaciones del basurero llovía con saña y todos se acurrucaban como animales enfermos en el quimbo de Luz María, una choza putrefacta”.
Hoy en cambio el concurso se ha diversificado. Una de sus apuestas postmodernas, por ejemplo, tiene que ver con su descentralización y con eso la aparición de sus ediciones por países como Estados Unidos, México y Chile. En este último, país en el que resido desde 2014, existe incluso una edición anual de un libro compilatorio de las crónicas ganadoras. No obstante, para ahorrarse el sopor —y las 14 lucas— es posible darle una mirada a varios de esos textos que, una vez emitido el veredicto, son publicados gradualmente en diversas revistas digitales.
Un perfil es un documental escrito. Un café no basta, sostiene Leila Guerriero. De forma mucho más didáctica, escuché algo similar del propio Juan Pablo Meneses cuando asistía como oyente libre a una de sus cátedras en la Universidad de Chile.
La fórmula que proponía el autor de Una granada para River Plate —uno de mis textos favoritos sobre fútbol latinoamericano— para componer una crónica era un acrónimo idéntico al del tetrahidrocannabinol: THC. Para él, una crónica lo era en la medida en que cumplía con tres elementos: Tema, Historia y Conflicto. La ausencia de cualquiera de ellos dejaba al texto en la jurisdicción del ensayo académico, el cuento o la anécdota de cantina.
Casi la mitad de los textos que componen la cúpula finalista de la última edición del Nuevas Plumas en Chile son justamente eso: relatos simplones, sin estructura ni ambición literaria, que hoy —a la luz de las nuevas tecnologías— bien podrían caber en un storytime de tres minutos de TikTok.
El texto titulado, en su publicación digital por la revista Efecto, como “Periodista, paseadore de perros y conserje” es, quizás, el mejor ejemplo de aquello. Su autora, Maritza Peña, propone una suerte de diario redactado en las notas de su teléfono, donde registra las peripecias de ser periodista hoy y de enfrentarse a trabajos que erosionan el espíritu creativo del profesional humanista.
Con una verborrea en extremo autocompasiva, Peña hace un repaso de sus días lejos del supuesto confort que otorgaría el periodismo, presentando una serie de personajes sueltos y situaciones en las que, deliberadamente, decide no profundizar, dejando apenas guiños vagos al desempleo, a la poesía, a las diversidades sexuales, estas últimas presentes solo en el titular escrito en inclusivo. Tal como se lo contaría a alguien —o a cientos, en una transmisión en vivo—, y apalancando sus highlights en ese lenguaje tan centennial, tan cool y tan moderno que alcanza, en su texto, su punto más álgido en un rotundo “me pierdo sin falta”.
“Le doy un trago a mi café ácido y pienso: ¿de qué podría escribir?”.
Por nuestro bien, el resto de los autores decidió obviar su backstage creativo. No obstante, los vicios persisten. Como creer que una sola entrevista, en un día lluvioso y en un paisaje “sacado de un cuento de hadas”, basta para hacernos olvidar que estamos frente a un cliché hiperbólico de proporciones insultantes. “La gramática mapuche forjada en la dictadura” es eso, además de una lección de errores estructurales que debería estudiarse en los ramos de redacción y periodismo de todo el país. Se trata de un texto rebalsado de lugares comunes sobre la dictadura en Chile al nivel de un estudiante de cine promedio de JGM sin presupuesto para su ópera prima, y en el que Paula Huenchumil, su autora, intenta seguir el rastro de dos exiliados y cultores del mapudungun, en torno a una entrevista con la lingüista Ineke Smeets.
“Ineke se emociona por primera vez, pero se contiene”.
Contener la ambición estética es, quizás, la principal carencia de los textos que revisé para esta columna. Salvo algunos, como “Un tesoro en el zanjón”, de Amanda Marton, donde —aunque cueste dilucidar un conflicto aparente que sostenga el texto bajo los cánones del propio Meneses— hay un cuidado estructural y del lenguaje que es justo reconocer. O “La comunidad del sendero solitario”, en el que Julio Olivares propone una mirada mediáticamente distinta a la que suele conocerse del llamado Templo de Satán, pero que, sin embargo, se desinfla al final cuando el reportero decide —cita textual— dejarlos “seguir con su velada” una vez terminada la ceremonia.
“Me extiende la mano para despedirse, pero en vez de decirme adiós o buenas noches, señala: Bienvenido».
Hace algunos meses, el laureado actor Timothée Chalamet recibió un cargamontón de críticas por señalar que no quería trabajar en ballet “solo para mantener viva esa forma de arte”. Y añadió después: “a nadie le importa esto hoy en día”.
Como lector de crónicas desde la adolescencia, tardé mucho en entender que se trata de un segmento del periodismo que —tal como plantea el protagonista de Dune sobre el ballet— hoy no le importa a nadie. Ni a los medios, ni a los lectores, ni a sus cultores que, como evidencia el jet set de este concurso, parecen dispuestos a mantenerla viva a la fuerza, a lo bruto, y con un rigor más cercano al de un universitario encandilado por un taller literario de un par de horas a la semana por Zoom.
Por estos días, es sabido que Juan Pablo Meneses dedica parte de su tiempo a la promoción de su último libro Postfútbol. Vi una de sus cuñas al respecto hace algunos días en TikTok, donde afirmaba que Arturo Vidal fue el primer futbolista de ese fenómeno que da nombre a su libro. Meneses entiende el juego, y sabe que un cronista de la posmodernidad debe, imperativamente, ser también una máquina de factos, de clips y, por supuesto, de ventas.
Quizás en esa lectura se sostiene hoy su influencia alrededor de la crónica. En los 2000, Meneses compró una vaca y siguió su vida hasta convertirla en un trozo de carne. Una década después, hizo algo similar con un futbolista brasileño. En 2018, llevó la metáfora aún más lejos al comprar un dios y fundar una religión portátil. Y con la perspicacia de un pastor evangélico, ha convertido su universidad en un templo: su parroquia, su mezquita. Difícil, entonces, decirle a sus fieles que —en resumidas cuentas— no son tan buenos. Porque, si lo hiciera, el negocio se vendría abajo y la iglesia quebraría.
Alguna vez me reuní con él en un café frente al consulado peruano, en la calle Antonio Bellet, en Providencia. Era una entrevista de trabajo que recuerdo con claridad prístina: yo era apenas un periodista recién egresado que buscaba hacerse un espacio en la incipiente industria de la crónica latinoamericana y que, esa vez, estaría frente a uno de sus principales referentes.
Meneses me dijo que el trabajo era de medio tiempo y, sin rodeos, me advirtió que no tenía nada que ver con escribir, sino con armar una base de datos de potenciales estudiantes para un proyecto académico que más tarde llamaría Universidad Portátil.
“Las revistas ya no son un buen negocio”, recuerdo que me dijo. “¿Sabes lo que le pasó a Etiqueta Negra, no?”.
No sé si volvió a decir esto después. Su discurso en la última premiación del Nuevas Plumas, en la Furia del Libro, más bien da cuenta de su madurez como empresario y mecenas de la crónica.
“Llenamos este tremendo salón en 34 segundos, y eso demuestra que la crónica chilena está muy viva”.
Meneses, devenido algunos años más tarde en una suerte de Luksic de la crónica, lo ha entendido a la perfección: el negocio ya no está en los grandes textos ni en las revistas de culto. Basta con un nicho que la mantenga viva. Aunque sea a ciegas. Aunque sea mala.




