José Antonio Kast prometía acabar con la “pitutocracia”. La consigna parece pensada para seducir al votante cansado de ver cómo los poderosos se reparten cargos y beneficios entre amigos y parientes. Pero basta revisar la lista de candidatos de su propio sector para descubrir la paradoja: Tomás Kast, Bárbara Kast, y hasta su propio hijo José Antonio, todos con aspiraciones al Congreso o a La Moneda. La pitutocracia que él mismo denuncia no solo sigue viva, sino que florece dentro de su propia familia.
El apellido como llave maestra
En Chile, los apellidos son más fuertes que cualquier currículum. Los Kast son solo un ejemplo visible de una práctica extendida: la política convertida en patrimonio familiar. Lo mismo ocurre con clanes empresariales y políticos que llevan décadas manejando el poder a través de redes sanguíneas y económicas.
Ahí están los Luksic, dueños de bancos y grandes empresas, influyendo de manera transversal en la política nacional sin necesidad de votos. Están los Coloma, donde el apellido se hereda junto con los escaños parlamentarios, como si la Cámara de Diputados fuese un negocio familiar. Y están los Larraín Matte, que combinan poder económico con cargos en ministerios, directorios y fundaciones, garantizando que sus intereses nunca queden fuera de la mesa.
La derecha y la impunidad heredada
La derecha chilena habla de mérito y esfuerzo, pero lo que impera es el contacto, la fortuna y la sangre. Es una impunidad heredada: hijos, sobrinos y primos llegan a la política o a cargos de influencia sin haber conocido jamás las dificultades del chileno de a pie.
Nunca esperaron en una fila del consultorio, nunca pelearon contra el endeudamiento educativo, nunca vieron cómo un sueldo mínimo se evapora en dos cuentas básicas. Aun así, legislan sobre salud, educación y trabajo. Su conocimiento de la calle es nulo, pero su apellido les abre todas las puertas.
Chile de castas vs. Chile ciudadano
Lo que se juega en estas elecciones no es solo un listado de nombres en la papeleta, sino el modelo de país que queremos, ¿Un Chile gobernado por castas familiares que se heredan el poder como si fueran haciendas? ¿O un Chile donde la representación política emane de la ciudadanía común, de quienes realmente conocen las urgencias sociales?
La pitutocracia no muere con discursos vacíos, sino con hechos: con reglas claras contra el nepotismo, con transparencia en el financiamiento político, y con la exigencia de que quienes nos representen tengan calle, mérito y compromiso real con la gente.
La verdadera trampa del discurso
Cuando Kast promete acabar con la pitutocracia, no habla de los suyos. Habla de un enemigo difuso, siempre en otro lado. Pero la evidencia es brutal: la derecha chilena jamás renuncia a sus privilegios familiares. Los Kast, los Luksic, los Coloma y los Larraín Matte son caras distintas de la misma moneda: un país donde la democracia es administrada como herencia, y donde el apellido vale más que el mérito.
Fuente: ContraPoder




