El progresismo no es la antesala de la revolución. Es su contención
Se presenta como cambio, pero actúa como freno. Habla de justicia, pero protege la estructura que la impide. Promete dignidad, pero administra la miseria con lenguaje amable. En tiempos de crisis del capitalismo, el progresismo cumple una función clave: impedir que el pueblo cruce el umbral de la ruptura.
El progresismo no quiere destruir el sistema que nos oprime. Quiere gestionarlo mejor. No quiere acabar con el poder del capital, quiere humanizarlo. No quiere que los pueblos manden, quiere que el pueblo vote cada cuatro años para legitimar a quienes seguirán obedeciendo a los mercados, a los bancos y al imperialismo.
Eso no es izquierda. Es un centro maquillado de justicia social.
Cada vez que el pueblo se levanta, el progresismo aparece como bombero del orden: negocia, enfría, institucionaliza, diluye. Convierte la rabia en trámite, la calle en mesa de diálogo, la rebelión en reforma. Allí donde hay posibilidad de ruptura, el progresismo instala administración del conflicto.
Por eso el sistema lo tolera. Por eso los grandes medios de comunicación lo legitiman. Por eso los mercados no le temen
Porque el progresismo no amenaza el poder real.
Puede subir impuestos, crear programas sociales, reconocer derechos culturales. Todo eso es importante.
Pero nunca toca el corazón del problema: la propiedad privada del poder económico, el control imperial de nuestros recursos, la dictadura estructural del capital sobre nuestras vidas.
El progresismo acepta la jaula y discute cómo decorarla.
La política revolucionaria, en cambio, quiere romperla.
Donde el progresismo habla de “gobernabilidad”, la revolución habla de poder popular.
Donde el progresismo habla de “responsabilidad fiscal”, la revolución habla de justicia histórica.
Donde el progresismo pide paciencia, la revolución exige transformación inmediata.
El progresismo necesita que el pueblo espere. La revolución necesita que el pueblo actúe.
Y cuando el progresismo gobierna, lo que suele administrar no es el cambio, sino la frustración: promete lo que no puede cumplir porque se niega a desafiar a quienes realmente mandan. Y cuando el desencanto crece, abre el camino a la derecha y al fascismo, que se alimentan precisamente de esa traición.
Así, el progresismo no solo es insuficiente: en momentos históricos críticos, puede ser funcional a la reacción.
No por maldad individual, sino por posición estructural. Porque quien se niega a romper con el orden, termina defendiéndolo .
No se trata de moral, Se trata de poder.
La pregunta no es si el progresismo es bien intencionado. La pregunta es : ¿A quien sirve cuando el sistema esta en crisis ?
Y la historia ha respondido demasiadas veces : sirve para salvar el sistema que los pueblos quieren derribar.
Por eso, la tarea de quienes luchan por la emancipación no es embellecer el progresismo, sino superarlo, desbordarlo y dejarlo atrás.
Porque no necesitamos un capitalismo con rostro humano. Necesitamos otro. Mundo. Y ese mundo no nace de reformas tímidas , sino de rupturas conscientes.




