con las manos de don Hector Aceiton

Fecha:

Esa mañana me encontré con ella. Este, su segundo intento por venir a Curacaví estuvo acompañado con lluvia, al igual que el primero, cuando debió suspender su propósito. La lluvia como una extensión del paisaje es algo que Paula también aprecia. El caso de Pedro Mardones llega a ser levemente diferente: con o sin lluvia, de día o de noche sube los cerros de Curacaví y hace fotos. Me lo encontré hace poco y nos quedamos conversando sobre caminatas y ese ruido de arriba que es muy silencioso. Mardones me explicó su natural capacidad para toparse con hechos extraños, como figuras geométricas colocadas a distancia en la altura, que se suspenden o se comportan fuera de la dinámica del vuelo conocido. Mardones siempre va con su cámara fotográfica en las vueltas que dejan su cansancio calmado.

Ese día Paula Navarro trajo un paraguas rojo, pequeño y barato. Un pañuelo al cuello y su cámara. Ella tiene una manera de ponerse a caminar que la delata. Siempre está buscando algo que le dice algo; sea lo que sea. Me comentó que al día siguiente vendría a Curacaví en un trekking patrimonial. Es una iniciativa de fotógrafos y hacen cosas de fotógrafos. A los pocos días me comentaría que fue un fin de semana sorprendente para ella, porque conoció mi casa, mi pareja, suegra y el montón de perros y gatos que habitan. Paula tiene una relación sofisticada con los gatos y ha logrado leer mucho acerca de sus cuidados y costumbres. Es lo que conocemos como: cosas de gatos.

Partimos con Paula a dar una vueltecita por el sector rural. Ella gusta de hablar y solo hace una pausa cuando ha tomado la decisión de hacer una instantánea. Conversamos de cómo llegó a la fotografía y el concepto de “instantánea”. “Mira allí eso”, me dice y muestra una plaza con unos niños corriendo alrededor de unos neumáticos pintados con colores fuertes. “Veamos eso y por cierto, interesante ese Erza”, me dijo.

Yo ya había estado allí y recuerdo una conversación con Valentina, una vecina de Lo Alvarado sobre la plaza comunitaria que los vecinos estaban haciendo, de a poco. El privilegio de atribuir una demostración que en la realidad solo cuelga de la labor colectiva, plasma en los sudores del cansancio, la alegría por la faena bien hecha. Un trabajo bien hecho no tiene por qué ser uno perfecto. En el caso de la plaza comunitaria de Lo Alvarado, ello se relaciona con que los vecinos se cansaron de ver un terreno baldío, convertido en arrabal y basurero por descuido, que además, alimentó el apetito terrateniente de algunos por quedarse con “esas tierras, que son lecho del Estero Puangue”, según averiguamos después.

“Hay tanto para fotografiar acá”, me comentaba Paula y yo solo veía los mismos árboles y casas de siempre. Sucede que un aspecto de la costumbre descansa en no saber distinguir lo genuino; aquello que si bien pudo haber estado siempre al alcance de nuestra vista, no terminamos de apreciar en su totalidad.

Esta plaza se nota fue construida por partes, etapas que tal vez nunca estuvieron insertas en una planificación y que develan el ímpetu delos vecinos por hacer siempre una mejor plaza. Tal vez no es así, no se, pero comprendido de esa manera, pareciera que la niñez de quienes juegan allí, no se irá nunca.

De repente, observamos a una persona con 2 pequeños, tirando de una carretilla. Se nos acerca y saluda. Conocemos así a Hector Enrique Aceiton Díaz. El nos explica un poco más de su trabajo y la plaza comunitaria. Al ver sus manos, se me vino una instantánea que hubiera preferido fotografiar, pero no se me ocurrió: las estrías en las manos de Hector y la similitud con “la tierra cruzada” en el campo. Don Hector llegó al sector proveniente de Santiago a la edad de 20 años y con el oficio de gasfiter. Trabajaba en una empresa que realizó instalaciones de agua potable en el sector rural. Así fue como conoció a la mujer con quien se casó. Antes de eso, por cierto: se enamoró. Es muy hábil en el trabajo con fierros y muestra una dinámica de la amabilidad que resulta ser contagiosa. Tiene 3 hijas, según ellas mismas, todas muy hermosas y yo diría que es así porque poseen una manera original de llevar el orgullo por reconocer el origen de clase en sus miradas.

De regreso a Curacaví, Paula quiso fotografiar unas casas construidas en barro, algunas, en abandono. “Estas cosas me dicen mucho a mi”, me comento y en el sector de Pataguilla, al final de la recta del camino que conduce a Cerrillos, quedó prendida con el esqueleto de una casa en barro ubicada en la Puntilla de Salazar. Le comenté que hasta hace no mucho, allí funcionaba algo parecido a una consulta dental. El resto del camino nos fuimos conversando de la suerte de haber conocido a don Hector y qué bien, aun existan personas así. De seguro, hay muchas más y es solo cuestión de tiempo el poder conocerlas.

Leonel Gatica Cardemil
Leonel Gatica Cardemil
Leonel Gatica Cardemil tiene su enseñanza secundaria completa, la situación militar al dia y la papeleta de impuestos pagada, pero no todos los impuestos y sin muchas ganas. Ha publicado un solo libro: Palabras destiladas ante el silencio de tus ojos en Frankfurt/M y Milan. Participó en los talleres literarios de Carlos Ernesto Garcia en Barcelona; con el Prof Italo Santoro de la Universitaet JW Goethe en Frankfurt/Main y en creación y apreciación estética con Germán Carrasco Vielma en Stgo de Chile.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Comparta:

Subscribe

spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_imgspot_imgspot_imgspot_img
spot_imgspot_imgspot_imgspot_img

Popular

More like this
Related