
Ayer estuvimos con Francisco e Irina y dimos vueltas por caminos rurales para colocar “palomas”. Para mi es una ocasión donde recuerdo las andanzas hace 4 años con María Recabarren, José Luis Díaz y Carolina Martí. Es una mirada que traspasa el pasado en el texto que viene y prestigia de antemano a quienes se incrustan en la tierra, en la población y en la vida. La cosa es recordar que todos los días el sol trae sus asuntos. Por eso, se le saluda. La mejor manera de hacerlo es abrir los ojos y esperar su llegada. La segunda mejor manera: una cadencia de movimientos lentos donde el principio y el fin dan cuenta de un ciclo. Todos estamos así, a la espera de florecer mientras en algún lugar de nuestras cercanías, enterramos los pies en la tierra húmeda. Yo lo he hecho a veces por rutina, otras porque recuerdo a alguien, pero casi siempre, porque recuerdo a alguien. Es una confesión propia de decir: tu me haces tanta falta. En determinados casos, escucho luego “Music of Changes” de Cage y vuelvo a ser una mezcla entre cosa y sujeto.
Al volver a casa Irina me comenta: “mira ahí al fondo… se ve desde la punta de El Mauco hasta el lomo del cerro Lolenco”. Es la gracia de estar en Pataguilla, le comento yo. El regreso lo hicimos en silencio por una recta larga. Se me ocurrió mirar a mi derecha y sentí muy de cerca ciertos gritos y golpes. Sabía, venían de viaje desde hace mucho y en nada parecía ser un sonido primordial. Yo lo he sentido. La primera vez fue una mañana de mucho frío bajo un puente (no he podido dar con el nombre) a orilla del río Sena, en París. Entonces dormía junto a otras muchas personas, todos muy apretados. El frío de madrugada es el peor de todos y así, le hacíamos frente. Recuerdo el sonido pero no he podido describirlo y no se si valga la pena.
Además de Francisco e Irina, ayer también estuve con Gladys y Francisco Javier. Madre e hijo. Paramos a hacer un alto donde Rosa y Marcos en su local ROSMAR, un acrónimo de sus nombres y fatigados, faltos de protocolo, nos tragamos casi una docena de empanadas, 6 de las cuales eran de berenjena-queso. Una delicia. Recordé la mermelada de berenjena y las berenjenas al ajillo en aceite de oliva que hace mi padre. Quien sabe apreciar las berenjenas, tiene otra mirada del dicho popular: ser como las berenjenas. Con Panchito, Irina, Gladys y Francisco Javier somos todos tan diferentes y probablemente, en medio de otra actividad cualquiera, crucemos por azar un par de saludos cordiales. Yo amo los saludos cordiales pero prefiero un saludo espontáneo, constituyente y sincero. Me pasa eso cuando con Pablo Labarthe nos hacemos un gesto cortés, recíproco. Con un pasado común, un presente donde coinciden ciertos propósitos y un futuro como cualquier futuro, el saludo con Pablo es parte de un reintento del alma que dignifica un lenguaje primordial, en la dinámica de un imán. No se; cómo fue posible, su misma gente le hiciera tanta chanchada. Mariconadas innecesarias. Cobardía vil y peligrosa. Se ve en todos lados, en todo caso. Creo, luego nos encontraremos con Labarthe bajo un parrón para leer y comentar La Visión Comunicable de Rosamel del Valle.
Solange, una chica oriunda de Pataguilla, orgullosa de su madre y los suyos, prefiere hacer vida vecinal a orillas de la ruta G68, sentados todos en un tronco a la salida de su casa. Desde allí también se escucha ese sonido viajero, tal vez ya un poco primordial. Son momentos o tardes de relajo y comentarios. Solange es aguda y tiene una inteligencia que combina bien con apreciaciones básicas. Es el sentido común envuelto en razonamientos deductivos e inductivos. “No me puedo imaginar cómo murió esa gente en el fundo de Lailhacar”, me comentó una vez y luego nos quedamos bebiendo agua mineral sin decir nada más.
Francisco Carrasco es un hombre de campo, conocedor de su sector, llano y dispuesto a confiar de primera. “Se pierde mucho tiempo y energía, Maestro, si empezamos con huevadas”, me comentó cuando fuimos por primera vez donde el SEREMI de Transporte del actual Gobierno, a exponer la situación de “zona aislada” para el sector de Lo Alvarado, La Rita, El Ajial”. Hoy Francisco, a poco de vencer el período por el cual el PC obtuvo un cupo para concejal, persiste en su empeño. “Matías Salazar nos cagó no más y más encima, ya no responde ni las llamadas… quien lo fuera a pensar”, “…pero aunque sea lo último que haga, y en el último día, voy a perseverar con esto”.
Francisco y Solange son personas que vivieron el inquilinaje y como tales, algo saben del sonido primordial. Tal vez tampoco puedan describirlo. “Son los asuntos que trae el sol”, concordamos los 3 cierto día, al hablar de otras cosas, pero relacionadas.
Al final del día, Irina me comenta en modo pregunta: “cuánta muerte hubo acá, cuánto odio, cuánto traidor delatando al vecino. Basta que sean 2 personas que hagan eso para que se rompa todo el equilibrio de confianza vecinal”. “Fue así en muchos lugares”, le contesto. Antes de dormir Irina insiste: Hagan las cosas bien que todos merecen algo mejor acá. Ella se durmió y yo escuché un rato “Music of Changes” con Rosamel del Valle, todos los fusilados de la Cuesta Barriga y los muertos del Puangue. Ustedes, solo tienen que vivir, decían ellos y me pareció un buen consejo. Mañana, seguiremos colocando “palomas”.




