El poeta chileno Germán Carrasco Vielma, habitual colaborador de Curacaví Digital y residente ocasional en Curacaví (Santiago, 28-05-71 / 09-02-26), es considerado una de las voces más potentes y singulares de la poesía chilena contemporánea. Surgido en la década de los 90, su obra rompió con el lirismo tradicional para instalar una estética urbana, directa y cargada de una observación crítica sobre la realidad social y cultural de Chile tras la dictadura.
Estudió Literatura en la Universidad de Chile, pero su verdadera escuela fue la calle y el «asfalto». Su poesía se aleja de la metáfora rebuscada para abrazar un lenguaje coloquial, rítmico (muy influenciado por el jazz y el boxeo) y lleno de referencias a la cultura pop, el cine y la marginalidad urbana. Se le suele agrupar en la llamada «Generación de los 90», caracterizada por un desencanto con la transición democrática.
Su bibliografía es un recorrido por la identidad de un Santiago que no sale en las postales:
● La desidia (1994): Su debut, que ya mostraba una madurez inusual.
● Calas (2001): Obra con la que obtuvo el Premio Municipal de Literatura y que consolidó su nombre en la escena nacional.
● Clavados (2003): Una exploración más profunda sobre la memoria y el espacio público.
● Ruda (2010): Considerado por muchos su libro más emblemático, donde la crudeza y la sensibilidad se mezclan en poemas que retratan la precariedad y la resistencia.
● Mantra de punset (2016) y Metraje encontrado (2018): Sus trabajos más recientes, donde experimenta con la estructura y el ritmo.
Su talento ha sido ampliamente validado por la crítica y sus pares:
● Premio Municipal de Literatura de Santiago (2002).
● Premio Pablo Neruda (2005), uno de los galardones más prestigiosos para poetas jóvenes en Chile.
● Premio Mejores Obras Literarias del Consejo Nacional del Libro y la Lectura.
Más allá de los premios, Carrasco es valorado por ser un «poeta de culto» que ha influenciado a las generaciones más jóvenes. Ha vivido en Buenos Aires y México, lo que ha enriquecido su mirada con una perspectiva latinoamericanista. Su escritura no busca complacer, sino documentar con una honestidad brutal —y a veces cínica— las grietas de la modernidad chilena.
OTRA REFLEXIÓN SOBRE EL TERREMOTO Y EL TSUNAMI
(DESGRABADA LETRA POR LETRA DE UNA CHARLA EN UN TALLER)
El poema largo es una torre de naipes
en donde no importa que algunas cartas
estén reparadas con cinta adhesiva
o viejas. Si se sostiene en pie, todo bien,
difícil tarea sin embargo. La lección poundiana
de la tensión y la concentración de energía
corre igual para poemas breves o extensos,
tenues o acerados
y se nos olvida a casi todos.
¿Querría algo así como un estallido, orgasmo
una especie de ko verbal el viejo?
¿O el poema dado del que hablaba Levertov?
Poema dado por quién: por dios,
¿por quién más si no? Casi todos terminan ahí
o en una conjunción parecida al amor
en sus tres primeros meses que a todo esto
se parecen bastante a una torre de naipes
por el cuidado o el azar o lo frágil.
Energía y no fuerza, claro está
meditación y cacería, todos sabemos
excepto a la hora de los quiubos.
En un poema breve no puede haber cinta adhesiva
y las arrugas en una carta delatan de inmediato la jugada.
Pero quizás un poema extenso
son poemas breves en pandilla
igual de efectivos en su invasión de ninjas
aunque reunidos con pegamento, moco a veces
–la prosa que sobra, los dispositivos transicionales
y todas esas arrugas y parches que, como en el póker
o en la ropa para la reunión importante,
no deben notarse–. Ese pegamento
a veces es temático y a veces otra cosa,
otro clúster de cosas que desembocan muchas veces
en el preciado silencio
mejor será
siempre, amén.
Kim Deal decía que si uno escribe canciones
es fácil hacerlo, el asunto
es componer algo que sientas
y que quieras interpretar ad infinitum
con el mismo entusiasmo del momento
de la composición.
Pero, qué tanto, hasta la nota circunstancial
o el garabateo en libreta a veces
cumplen el requisito del poema. Hoy escuché
en el metro por ejemplo…
Biblioteca pública
Cada vez que empezaba a leer poesía
mi cuerpo comenzaba a agigantarse
y mi oído percibía las voces ajenas
como si fueran de marcianos, duendes
o el producto de una cinta acelerada.
Entonces sentía una culpa de ancla
y pensaba que para leer poesía
había que irse lejos o encerrarse.
Por eso me cortaba las venas
con una navaja que porto. Entonces
(1) me desinflaba como un globo
o (2) inundaba la biblioteca de sangre.
Versos e imágenes encontradas en el mercado persa
Usar metraje ajeno
y con eso hacer un poema
Tomar historias ajenas
no como el viejo del saco o la bruja
roban niños y recuerdos
Pequeñas resurrecciones
de la historia y la imagen
Las metáforas son siempre las mismas
según algunos. No lo sé:
se supone que los ríos son el tiempo
pero podrían ser la posibilidad de fuga
desde un pueblo asfixiante
hacia mar abierto:
los ríos son una autopista de agua
así como las venas
son autopistas de sangre
por eso ella lava la ropa y su cuerpo
para una travesía larga con su amado.
Temed la muerte por agua
hay una boya en un mar bravo
y dos que se aman tratan de asirse
a la boya con desesperación
pero es resbaladiza de musgo y algas
es redonda y no tiene de dónde tomarla
es un muñeco porfiado siniestro
empieza a anochecer como en la montaña
en donde hay que llegar a la cumbre con sol
sin luz se pone todo más difícil
deciden flotar de espaldas
controlar la respiración
y miran las estrellas.
por qué no fuimos felices
–dicen– era tan fácil.
EL SOL DE LAS TRES DE LA TARDE I
Para las urracas o el abatido nido de sus ojos
brillan los tesoros: sillas de ruedas, baratijas
en manos virginales, en regazos.
Capta su plasticidad: el sol
puede afiebrarte como a un recién nacido
o a un raquítico y afectado manos finas
al concentrarse en los trozos brillantes
de una botella rota en plena acera, al asolar
y desolar las fachadas continuas de esta parte;
al enmarcar defectos físicos, bellezas excesivas;
al cruzar parabrisas y ojos claros. No es justo
decir que afea el día cuando pone
un velo de bruma sobre el género
insidioso, acentuado de las cosas
ni culpar a la noche de la traición, el crimen
o de los últimos sucesos, cualesquiera
que estos sean. Un buen día (se podría decir)
a pesar de la engañosa apariencia
del sol sobre las cosas. Además, recuerda
lo terrible que fue ver (aunque por algunos segundos)
al sol como una moneda vieja
o una ampolleta de bajo voltaje
hace algunos años, en el eclipse, en Putre.




