La decisión de José Antonio Kast de retirar el patrocinio del Estado chileno a la candidatura de Michelle Bachelet para la Secretaría General de la ONU provocó un sismo histérico en la prensa progresista. Lloran, colocando la noticia al principio de sus timeline, la pérdida como si la ultraderecha les hubiera arrebatado el último bastión de la civilización. Pero, si se suspende por un segundo el lamento corporativo, la pregunta cae por su propio peso: ¿a qué institución pretendía entrar exactamente la matriarca de la transición?
Además de liderar el faro moral de Occidente, Bachelet aspiraba a presidir el mausoleo burocrático más caro del planeta. La ONU de 2026 es un cadáver asfixiado por su propia irrelevancia, una organización que arrastra el estigma imperdonable de haber priorizado la neutralidad procedimental mientras masacraban civiles en Rwanda y Srebrenica. Es la misma entidad que hundió a Haití en una epidemia de cólera, matando a más de nueve mil personas, para luego esconderse cobardemente tras su inmunidad jurisdiccional absoluta. La misma maquinaria que perfeccionó el desfalco ético con la red de sobornos del programa Petróleo por Alimentos. A ese abismo administrativo, que hoy mendiga cuotas porque apenas el 39% de sus Estados miembros cumple plenamente con sus obligaciones financieras, el progresismo chileno quería enviar a su figura tutelar. No para cambiar el mundo, sino para asegurarse una jubilación dorada, un retiro blindado en Nueva York que les permitiera seguir sintiéndose importantes mientras su país se desmorona.
Y mientras la élite mediática concentra su indignación en el despacho perdido en Turtle Bay, en Santiago la orfandad política adquiere ribetes de performance independiente. El fin de semana pasado, Gabriel Boric fue fotografiado viajando en la Línea 1 del Metro, sumido en la lectura de un libro. La maquinaria de propaganda residual corrió a aplaudir el gesto, celebrando la humildad republicana y la sencillez del exmandatario.
Pero la escena supura impotencia. El “exPresidente Lector» lee pacíficamente en el vagón mientras afuera se cocinaba el alza del precio de los combustibles, la inflación amenazando con devorar los sueldos y Kast copando la agenda diaria con anuncios de orden que no encuentran resistencia alguna. El libro abierto en el transporte público es la claudicación definitiva del frenteamplismo: la sustitución absoluta de la acción política por la estética de la normalidad. Leer a la vista de todos se ha vuelto el último refugio narcisista de quienes ya no tienen respuestas materiales para ofrecer.
Detrás de él, asoma una oposición anestesiada. Ante la ráfaga comunicacional de la ultraderecha, la izquierda responde organizando «congresitos» a puertas cerradas. La reciente reaparición de Boric en el Congreso del Frente Amplio resume esta tragedia: un cónclave endogámico donde figuras como Constanza Martínez ensayan críticas al actual gobierno frente a una platea de feligreses. Han renunciado a disputar el sentido común en la calle para atrincherarse en el confort del aplauso mutuo.
Han convertido su vocación de poder en la escenografía de un letargo, como la encarnación biográfica de ese poema de Jorge Teillier, “Vacaciones en el villorrio”, donde la vida se detiene en una quietud asfixiante y el hablante confiesa el núcleo de su abulia: «Un día fui a decirle que la amaba. / Ella no entendió nada. / Yo me fastidié, / y fui a la estación a ver pasar el tren».
Esa es, hoy por hoy, la historia clínica del progresismo. Un día bajaron a decirle al pueblo que lo amaban, que venían a salvarlo con una nueva moral, y como el pueblo no entendió nada y votó en su contra, se fastidiaron. Ahora se dedican a ver pasar el tren. Su retiro a los «congresitos» y al vagón de la Línea 1 no es más que la repetición de esa aldea de Teillier: «Un día. Luego otro día, calcado de ese día. / Y siempre el sol, el trigo, los bostezos».
Ese bostezo interminable es su única política pública actual, y se resume en la frase miserable que repiten como un mantra rabioso en redes sociales cada vez que un precio sube: «Disfruten lo votado”, que terminó siendo, más que una advertencia política, una muestra de la lógica del servicio al cliente aplicada a la democracia. Es la rabieta pasivo-agresiva de un progresismo que, incapaz de leer el colapso material del país, castiga al votante por no comprar su producto. En lugar de hacerse cargo de la desconexión material, prefieren clausurar la política. Es el triunfo de la lógica neoliberal dentro del propio progresismo: asumir que, ante el rechazo de su oferta electoral, ya no tienen el deber de transformar nada, dejando que el mercado y la ultraderecha se encarguen de disciplinar a quienes no los eligieron.
Así sobrevive la izquierda actual. Anestesiada en asambleas de contención emocional, celebrando fotos en el transporte público para no tener que mirar el paisaje en ruinas por la ventana, y rogando que un cargo burocrático internacional les devuelva, aunque sea por correspondencia, la dignidad que dilapidaron en las urnas.





la eficacia de la ONU en su silencio de los genocidios recientes…
la onu es una mierda pero michelle haría la diferencia… luego podriamos ver cuál….